sábado 19 de febrero de 2011

“Señorita México”, de Enrique Serna

Enrique Serna ocupa un lugar destacado en mi top ten personal de escritores mexicanos contemporáneos. Saltó ahí nomás que leí El miedo a los animales, primer novela suya que abordé (y de la cual hablaré aquí próximamente). Me convenció de inmediato. Fue no sólo su estilo —directo, limpio y fluido—, sino también su particular humor negro, denominador común de toda su obra (la cual se desenvuelve principalmente en la narrativa, pero también de forma brillante en el ensayo). Se trata de un sarcasmo decidido, sin contemplaciones ni escrúpulos políticamente correctos, seguro, franco, afilado, hiriente. Despojado de hipocresía. Sus personajes nos son presentados con toda su cauda de vicios y lacras a cuestas, una carga de la cual no se pueden librar por más que lo deseen y lo intenten. Serna se burla de ellos con finura y crueldad, pero al final quedan redimidos a los ojos del lector porque, antes que nada, se trata de seres humanos de carne y hueso, ahogados en su insuperable imperfección, marcados por una serie de traumas, complejos y frustraciones que se inscriben en lo que podríamos llamar la patología social del México moderno.

Toda esta temática se halla presente ya en Señorita México, primera novela de Enrique Serna (publicada en 1987 con el nombre original de El ocaso de la primera dama). Se trata de un recorrido biográfico “doble” por la existencia de Selene Sepúlveda, una ficticia reina de belleza Miss México 1966. El recorrido es doble porque la historia se nos cuenta dos veces. O, mejor dicho, se nos cuentan dos versiones de la misma historia, a cargo de dos diferentes narradores y en dos direcciones opuestas.

Señorita-MéxicoAsí, nomás comenzar el libro se nos relata en tercera persona el suicidio de la protagonista. A partir de ese momento, comienza una narración en reversa que continuará a lo largo de todos los capítulos nones de la novela y que no parará sino hasta llegar al nacimiento de Selene. De ese modo, poco después de presentarnos el suicidio, se nos entera de la causa inmediata que lo motivó: días antes, Selene había concedido una entrevista para una revista de espectáculos. Al verla publicada, se da cuenta de que el reportero la expone sin contemplaciones como un marchito despojo de lo que alguna vez fue: la despampanante joven que hace años ganó el concurso Miss México es ahora una mujer fodonga y pasada de peso que vive en un departamentucho gris y se gana el pan trabajando de encueratriz en un cabaret de mala muerte. Es entonces, tras leer la entrevista que la retrata como un adefesio, cuando toma la decisión de quitarse la vida.

Por otro lado tenemos, en los capítulos pares de la novela, la narración que la propia Selene Sepúlveda, en primera persona, hace de su vida —ésta en orden cronológico—. Se trata, ni más ni menos, que de la “transcripción”, por decirlo así, de sus declaraciones al reportero de espectáculos: la entrevista que posteriormente precipitará su ruina. Esta segunda línea narrativa se halla confeccionada al estilo de El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, como un monólogo en el que se recoge, íntegra, con todos sus giros coloquiales y particularidades verbales, la voz de la hablante, cual si se tratara, en efecto, de la transcripción al pie de la letra de una grabación de audio.

Como es fácil adivinar, el mayor interés de la novela radica en el contraste entre ambas visiones de la vida de Selene: la que nos da la imparcial tercera persona y la que nos ofrece ella misma. Ya en los primeros capítulos, antes de que los dos planos narrativos se “crucen” —recordemos que uno va para atrás y el otro para adelante en el tiempo—, se alcanzan a vislumbrar, y con más fuerza conforme el lector avanza, las disimilitudes en ambas versiones de la historia. Paulatinamente, la sensación de que Selene Sepúlveda miente u oculta ciertos detalles se fortalece, y entonces llega un punto en que nos percatamos de que su vida entera es una mentira.

En su narración, Selene escamotea todo aquello que pueda empañar la visión idílica que ella misma se ha forjado para pintar de rosa una vida que, en muchos de sus episodios y avatares, tiende al negro. Conforme conocemos la dura y dolorosa realidad que se encuentra tras sus palabras ingenuas, teñidas de cursilería y frivolidad, se nos va apareciendo en toda su complejidad el drama interno de un personaje bien armado, que conmueve al lector a pesar de sus defectos, de su tontería y su vanidad. Como quedó dicho al principio, Serna se burla de sus personajes, a veces no tiene piedad con ellos, pero en ese ejercicio de ironía nunca les arrebata su humanidad; por el contrario, es esa humanidad la que los vuelve entrañables.
Ante todo, Señorita México es una historia cruel. Es el ascenso rápido y el lento, doloroso descenso de una chica que quiso, en el fondo, únicamente huir, escapar de una existencia terrible, vacía y aburrida. Un audaz acto de rebeldía que, tras un periodo de fortuna ilusoria, culmina en malograda carrera hacia el despeñadero.

…Sí, ya sé que las feministas protestan contra los concursos de belleza ¿y sabe por qué? Por feas, nada más que por feas. No se dan cuenta de que a nuestras mujeres del campo esos certámenes les pueden servir para superarse, para que ya no tengan tantos hijos y cuiden más de su aspecto. Le aseguro que si nuestros campesinos encontraran en sus jacales una mujer, no elegante, pero correctamente vestida y maquillada, ya no se emborracharían tanto y darían más para el gasto. Pero ahí las tiene, rebozudas, mugrosas, llenas de piojos. ¿Cómo quieren que sus maridos se motiven para engrandecer a México? Y todavía se quejan y salen a la calle con pancartas que dicen que en los concursos nos tratan como objetos y yo les respondo oquey, somos objetos, pero ¡qué objetos! Alhajas de veinticuatro kilates que los hombres se pelean por tener. Nosotras no tenemos la culpa de sus complejos, de que se hayan traumado de chicas o yo no sé…