lunes 28 de marzo de 2011

De apatía política

El peor analfabeto es el analfabeto político.
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del alquiler, del vestido, del zapato y de las medicinas dependen de posiciones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe, el muy imbécil, que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
- Bertolt Brecht, dramaturgo alemán (1898 - 1956).

 

En México, como en otros países atrasados, la política es asunto que interesa solamente a sectores minoritarios de la población. Una significativa fracción de los mexicanos no sólo se encuentra sumida en la más profunda ignorancia respecto de nociones políticas elementales, sino que hace todo lo posible por mantenerse en ella. De política no quiere ni oír hablar, así que cuando sale el tema a colación en alguna conversación casual, se esfuerza por desviar la plática hacia cualquier tópico más inocuo. No por nada registra nuestra sabiduría popular aquella máxima que aconseja no discutir jamás sobre religión o política, temas conflictivos por excelencia, “en los que nunca nos vamos a poner de acuerdo”. En particular, duele comprobar que los jóvenes —la generación que supuestamente representa el futuro y la esperanza de salir del atolladero en que nos hallamos, mi generación— revalidan crudamente la vigencia de las palabras de Bertolt Brecht que sirven aquí de epígrafe: ensanchan el pecho y se ufanan de su declarado valemadrismo (“¿Política? No mammms, güey, eso está de güeeeva”).

Desde mi punto de vista, sólo una extrema apatía respecto de la política puede explicar el singular fenómeno de que, en pleno siglo XXI, el PRI todavía exista y no sólo eso, sino que sea la primera fuerza política nacional, arrase con fuerza demoledora en elecciones locales y se perfile para regresar triunfante a Los Pinos en 2012. Pero eso no es todo. ¿Cómo explicar que, en un país donde más de la mitad de la población se encuentra por debajo de la línea de pobreza y donde la clase media prácticamente está a un paso de la extinción, el PAN, partido elitista y antipopular por excelencia, se haya mantenido en la presidencia de la república dos sexenios seguidos? Porque aun si aceptáramos la teoría de que hubo un monumental fraude electoral en 2006, no se puede negar el hecho de que millones, muchos millones de pobres votaron efectivamente por Felipe Calderón. Parece increíble que tanta gente viva tan alienada. ¿Alguien encuentra otra explicación que no sea la tremenda apatía política, con todo lo que conlleva en términos de desinformación y conformismo?

Los números hablan: tanto en elecciones locales como federales, el porcentaje de abstencionistas (gente que se queda en su casa viendo el futbol el día de la votación) supera siempre al de votantes, y es muy común que llegue al 70% o más de los empadronados. ¿Así cómo no van a ganar el PRI y el PAN? Si sólo vota el 30% del electorado, basta con que un mínimo porcentaje en términos reales (un 10% o 15%) vaya a votar por ellos para que se hagan con el cargo público en disputa.

Obviamente, ir a votar no es la única forma de participación política posible. Pero francamente, ¿qué se puede esperar de quien ni siquiera es capaz de levantar su gordo trasero para ir a la casilla que le toca a depositar una boleta cada tres o seis años? Esta gente jamás se irá a parar a un mitin, ni se involucrará nunca en una acción civil de protesta; vaya, ni siquiera es probable que abra un periódico y se informe acerca de lo que está permitiendo que hagan y deshagan los políticos sin escrúpulos a los que deja llegar al poder (llegado a este punto, me pregunto quienes serán más dañinos: los apáticos que no van a votar o los ignorantes que van y votan por el político más guapo o el “buena onda” que regala despensas).

Están, por un lado, aquellos a los que la política no les importa, les es indiferente. Que mañana gane fulano o zutano las elecciones, es cosa que les tiene sin cuidado. Que pasado mañana aprueben una reforma laboral que devuelva a los trabajadores al Porfiriato, les vale (de seguro no saben ni lo que es “reforma laboral”). Por otro lado tenemos a los que, simplemente, identifican la palabra política con una apestosa e inmunda cueva de rateros. Según esta gente, todos los políticos son sucios y malvados, no se salva ni uno, hay que desconfiar de todos sin excepción. Congruentes, quienes tienen esta idea de la política procuran mantenerse bien alejados de todo lo que huela a ella y por eso nunca se presentarán en una casilla electoral, pues votar sería “hacerles el juego a esos cabrones” . De ese modo, al alejarse voluntariamente de la política, contribuyen de manera decisiva a que la política sea, precisamente, un paraíso del latrocinio y la corrupción. Los vividores de la política (99.9% de los políticos mexicanos) están encantados de la vida con la población rencorosa pero calladita. Sólo los ciudadanos activos, informados, conscientes de lo que significa realmente ser ciudadano, pueden hacerles frente a los canallas encumbrados y promover un cambio positivo auténtico en un sistema podrido hasta la entraña.

¿Qué se necesita, pues, para ser uno de esos ciudadanos activos? Conciencia. Así de sencillo y complicado. Tomar conciencia implica adquirir un conocimiento real y efectivo, que sacude el ser y lo pone en movimiento. Desgraciadamente, la adquisición de ese conocimiento y de esa conciencia está por lo general fuera del alcance del mexicano promedio, enajenado por la televisión y una educación deficiente. El problema de la apatía política es otro de los tantísimos problemas cuya solución se encuentra fundamentalmente en el ámbito de la educación y que parecen estarse postergando para cuando Elba Esther Gordillo se muera.

Es cierto que en las primarias y secundarias se imparten clases de civismo, pero son aburridísimas y no ayudan a los niños a familiarizarse con los fundamentos y nociones básicas de la vida en común. Se enfocan más bien a que el chamaco se aprenda de memoria artículos de la Constitución. Los profesores y los libros de texto hablan de abstracciones inasibles, como la justicia, la equidad, la tolerancia, etc., pero rara vez las aterrizan en la realidad concreta y cotidiana. Del sistema político mexicano también se habla en abstracto, como una entidad lejana y misteriosa. Qué interesantes serían esas clases si se incluyeran en ellas temas como la corrupción, el abuso de poder o el ejercicio activo de la ciudadanía. No dudo que existan por ahí buenos profesores que los incluyan en su temario, pero los esfuerzos aislados, por supuesto, no bastan.

Con todo, creo que de un tiempo para acá se ven algunos avances. Pequeñas pero significativas fracciones de la población han comenzado a participar activamente en política, casi siempre al compás de grandes movimientos sociales que, en momentos de crisis, cimbran la conciencia adormecida de la gente y levantan a muchos apáticos de sus sillones. Ahí están, por ejemplo, 1968, 1988, 1994 y 2006. Debo reconocer, en mi propio caso, la importancia decisiva que tuvieron los eventos de este último año en la conformación de una conciencia política. No es que fuera yo un valemadrista como los que describo, pero sin duda la indignación que me generó toda la cauda de injusticias y trapacerías que derivaron en la sucia victoria electoral de Felipe Calderón constituyó el motor que me hacía falta.

A veces, pues, la rabia es un buen factor de movilización. Quizá, en las circunstancias en que vivimos —crisis de todo: económica, política, de violencia, etc.—, sea el único catalizador capaz de poner en marcha a la población. ¿Pero hasta qué extremo habrá de llegar la situación para que la gente se levante? Ya de por sí es terrible. ¿Hará falta que se vuelva jodidamente insufrible? ¿Que mueran otros 50 mil en la “guerra contra el narco”? ¿Que a la “clase media” de 6,000 pesos mensuales ya no le alcance ni para tortillas?  Pero ese día, que ojalá no llegara, no creo que la movilización civil se efectúe en términos muy pacíficos que digamos…