jueves 31 de marzo de 2011

Santa Anna, “el padrote de la patria”

Hace unas semanas, inauguré la “sección literaria” de este blog con una reseña sobre la primera novela de uno de mis escritores favoritos, Enrique Serna. A riesgo de parecer monotemático, seguiré con este autor. En esta ocasión abordaré su novela más conocida, El seductor de la patria, una biografía novelada de Antonio López de Santa Anna, integrante conspicuo del panteón maldito de los villanos de nuestra historia, junto con Porfirio Díaz, Victoriano Huerta y otros de similar fama. Se trata sin duda de la figura más polémica del siglo XIX mexicano, en cuya personalidad y hechos parecen quedar resumidos los vicios de todo un pueblo, muchos de los cuales siguen plenamente vigentes hoy en día.

Al hablar de Santa Anna, Enrique Serna no se anda con rodeos. “Yo creo que si Hidalgo fue el padre de la patria, Santa Anna fue su padrote”, suele explicar cuando habla de su novela. Y agrega, basado en una idea de Justo Sierra, que el caudillo se comportaba con la patria como Don Juan con las mujeres: después de un proceso de seducción y conquista, donde obtiene todo lo que quiere de ellas, las explota y saquea, luego se desinteresa y termina huyendo. Es, en otras palabras, el prototipo del canalla político mexicano, y por lo tanto la novela no puede evitar cierto aire picaresco, sobre todo en ciertos pasajes en que el cinismo desparpajado del protagonista se manifiesta sin tapujos.

Todo aquel que se proponga recrear literariamente a Antonio López de Santa Anna se enfrenta, de entrada, con un obstáculo muy difícil de remontar: el personaje ya ha sido profusamente trabajado, y no por cualquiera. Plumas connotadísimas como las de Rafael F. Muñoz, Agustín Yáñez y Leopoldo Zamora Plowes han dado a luz obras clásicas en torno a la figura del polémico militar y dictador mexicano. Difícilmente, pues, se podía decir algo nuevo seductor de la patria sobre él. La forma en que Enrique Serna resolvió este problema fue, en primer lugar, utilizando recursos narrativos novedosos, actuales; y, en segundo lugar, renovando totalmente la visión tradicional sobre el personaje por medio de una profundización introspectiva en su psicología.

Así, pues, es el mismo Santa Anna quien nos refiere en primera persona los hechos y obras de su vida durante la mayor parte de la novela. Viejo, ciego y desvalido, acaba de regresar del largo exilio al que salió despedido tras la caída final de su dictadura, en 1855. Ahora es 1874: los liberales, convertidos en sus enemigos acérrimos, se han consolidado en el poder y si lo han dejado volver a México a morir es porque ya no representa ninguna amenaza para ellos. Tiene 80 años y vive atenazado por la voluntad de Dolores Tosta, su perversa mujer. Ha sido despojado de su antigua fortuna y es repudiado por el pueblo que alguna vez lo levantó en brazos. Impedido hasta para salir de su casa, se ha quedado sin amigos, con la única excepción del coronel Manuel María Giménez, su más leal y ferviente seguidor, quien es, en algunos sentidos, más santanista que el propio Santa Anna. En estas condiciones, decide escribir sus memorias con el propósito de que sean publicadas tras su muerte y, en algún futuro, su reputación de héroe patrio quede restaurada.

A causa de la ceguera, se ve obligado a dictar. Giménez le auxilia en funciones de escribiente. Los retazos de la autobiografía son enviados por correo, conforme son terminados, a Manuel, el hijo de Santa Anna, residente en Cuba, quien tiene el encargo de publicarla. Esta sucesiva correspondencia entre padre e hijo compone el cuerpo de la novela.  La voz de Santa Anna alterna con la de su vástago y la del inevitable intermediario Giménez, pero también con las de una gran variedad de personajes diferentes, porque se desparraman a lo largo y ancho de la novela un montón de “documentos históricos”: extractos de diarios personales, misivas, testimonios, notas periodísticas, partes militares, manifiestos políticos y hasta contratos mercantiles. Colocados a trechos constantes, interrumpen la narración de Santa Anna en los puntos álgidos, casi siempre para desmentir su versión de los hechos. De este modo, se hace oír en el libro a personajes tan diversos como Lucas Alamán, Agustín de Iturbide, Valentín Gómez Farías, Mariano Arista o el mismísimo Benito Juárez. Con esto, Serna se propuso situar al lector en la posición de un historiador que, ante un abigarrado conjunto de “fuentes”, muchas veces contradictorias entre sí, tiene que elegir con cuáles se queda para construir su propia “verdad”.

La confrontación entre las voces de los diferentes personajes que intervienen en la narración permite evidenciar los sesgos, omisiones y mentiras en la supuesta autobiografía de Santa Anna, quien, después de todo, es un político mexicano, y como tal, se dedica en ella a autoglorificarse, además de negar, justificar o minimizar el enorme caudal de trapacerías, iniquidades y atropellos acumulados en su larga carrera. Se trata de un narrador mentiroso, de quien el lector aprende pronto a desconfiar; de ahí la eficacia narrativa de “las otras versiones” que Serna intercala con frecuencia durante el desarrollo de la novela. No es ése, sin embargo, el único recurso del que se vale para desvelar lo que oculta su protagonista, pues también urde ingeniosamente situaciones en las que el propio Santa Anna, involuntariamente, tiene momentos de gran sinceridad. Como quien dice, le saca toda la sopa. Por ejemplo, en determinado momento el viejo dictador queda a merced de un médico especializado en el mesmerismo, y así, en una especie de trance hipnótico, nos va relatando sin resquemores sus tropelías. En otros episodios, Serna se vale de la ancianidad de Santa Anna y su correlativa senilidad, así como de su carácter explosivo, casi bipolar, para conducirlo a arrebatos furiosos en los que también termina delatándose a sí mismo.

Así, en El seductor de la patria se explotan numerosas y variadas técnicas narrativas. Todo ello con tal de explorar la vida y sobre todo la mente de un personaje singular —una mente criminal, afirma Serna—. Una de las cuestiones de fondo en la novela es: ¿qué pasa cuando este tipo de individuos, cuya megalomanía, egoísmo y corrupción no tienen límites, se hacen del poder? Todavía más: ¿cómo es posible que lleguen al poder?, ¿cómo es que se les deja? La inspiración inmediata para construir al personaje Santa Anna, según cuenta Enrique Serna, fue Carlos Salinas de Gortari. Los dos políticos tienen mucho en común: ambos llegan a la presidencia gracias a un pueblo indolente y conformista, así como a unas bases de apoyo que los levantan en brazos a la gloria, los aclaman y los idolatran; al final, esa exaltación se revierte y terminan convertidos en los villanos más repudiados. En el caso de Santa Anna, él pudo volver a la gloria —y al poder— un buen número de veces, gracias a un pueblo que lo permitió, un pueblo con amnesia histórica. Pensemos en la actualidad: el previsto regreso del PRI —y de Salinas—, ahora en presentación copetuda, ¿no actualiza la importancia de esta cuestión? La novela fue publicada en 1999, pero la reflexión que subyace en la historia de Antonio López de Santa Anna es hoy más vigente que nunca.

Es más, podríamos afirmar que, con respecto al siglo XIX, los políticos cleptócratas cuentan ahora con mayor impunidad. El Santa Anna que relata su historia es un viejo lastimero, caído en la desgracia no sólo política sino económica. Salinas, Echeverría, Zedillo y demás expresidentes enriquecidos merced al erario público, incluyendo a los futuros, podrán ser todo lo odiados que se quiera, pero siempre al abrigo que les brindan sus cálidas megamansiones.

Por lo que hace a la forma, el Santa Anna serniano es plenamente moderno, tanto por su lenguaje rico y elaborado como por el nivel de las reflexiones en las que se extiende en varios momentos del libro. Ciertamente no se corresponde con el Santa Anna real, de quien hay testimonios en los que se afirma que se jactaba de no haber leído un solo libro en su vida, y a quien se le conoce una autobiografía real —titulada Mi historia militar y política—, expresivamente pobre y escueta. Lo que pasa es que Serna le presta su propia voz a Santa Anna, su habilidad narrativa y su amplísima cultura general y lingüística, al grado de que en algunos pasajes de la novela esta voz es plenamente identificable, y si uno lee con detenimiento, se da cuenta que, en determinado momento, quien le está hablando ya no es el dictador jarocho sino el gran novelista. Más que un desacierto técnico, la confección de este Santa Anna moderno, según ha explicado Serna, fue totalmente intencional: el propósito era que la “autobiografía” tuviera una vitalidad y un tono semejantes a la que en su momento escribió Gonzalo N. Santos, uno de los ejemplares más grotescos de la fauna política priista del siglo pasado, arquetipo de bestialidad y corrupción.

El resultado es que el lenguaje del protagonista de El seductor de la patria es una hábil amalgama de habla contemporánea con giros decimonónicos. Es efectiva, porque dota de agilidad a la novela, mantiene el interés y el placer del lector. Por lo demás, es patente que Serna se esfuerza por rescatar rasgos esenciales de la voz y la personalidad reales del personaje histórico que retrata: si uno le echa una ojeada a Mi historia militar y política de Santa Anna, puede darse cuenta de que algunos pasajes fueron trasladados casi íntegros a la novela de Serna, con su respectivo trabajo de remozamiento literario.

Súmense a todo lo anterior las cualidades ya conocidas por los lectores de Enrique Serna: prosa ágil, vigorosa narración, lenguaje vívido y extenso, personajes atrapados en su humana imperfección y grandes dosis de genial humor negro. No está en duda: El seductor de la patria es una de las mejores novelas históricas mexicanas, y no sólo de las contemporáneas. En contraste con muchos de los actuales practicantes de este género tan en boga, Serna no escribió un libro de divulgación de la historia, sino una obra de indiscutibles méritos literarios, donde cualquier virtud historiográfica, si la hubiera, queda subordinada a lo verdaderamente importante, que es el goce de la lectura y de la trama narrativa.

Había contraído una deuda de gratitud con el pueblo y quise retribuirlo con un regalo que proclamara nuestra grandeza a los cuatro vientos. México es quizá el país más musical de la tierra. Nuestros aires populares embelesan los oídos más refinados y en todas las regiones del país hay bandas, jaranas, tamboras, y grupos de vihuelistas que interpretan melodías de altísima inspiración. Sin embargo, por las turbulencias políticas de los últimos 50 años, no habíamos logrado transformar en música el fervor patrio. Con el fin de subsanar esa dolorosa carencia, convoqué a los poetas y compositores a un certamen para crear el himno nacional. Cientos de partituras y letras entraron a concurso, lo que demostraba no el hambre de nuestros artistas, como afirmaron los aguafiestas, sino el entusiasmo patriótico despertado por mi gobierno.
     La pieza triunfadora se estrenó un 16 de septiembre en el teatro que llevaba mi nombre, y en el escenario se mandó construir una escenografía monumental, con decorados alusivos a las riquezas naturales de la nación: sobre un telón de fondo con una pintura de nuestras cordilleras, se elevaba una mojonera que representaba las minas más célebres y ricas de la República; del lado izquierdo había una cruz de madera con la leyenda “Misiones”, y por todo el escenario se derramaba una lujuriante vegetación. Se me enchinó el cuero cuando el coro del Conservatorio entonó los primeros compases del himno: era como escuchar el eco de mis batallas modulado por sesenta gargantas. Poco después apareció en escena La Patria, una bailarina de augusto porte vestida con una túnica de raso blanco y una corona de nopalillos en la cabeza. Con gráciles movimientos, bajó del proscenio y se acercó a mi palco de honor para entregarme un ramo de nardos. Fue un placer celestial recibir las flores de sus manos y escuchar al mismo tiempo la estrofas que el letrista González Bocanegra dedicó a mis hechos heroicos:

La victoria sus alas despliega
de Santa Anna cubriendo la frente,
siempre triunfa, quien sabe, valiente,
por la patria y la ley combatir…

     Terminada la función averigüé el nombre de la bailarina y pedí al director de la compañía que la llevara esa misma noche a la casa de Vergara, mi residencia de descanso cuando no podía o no quería regresar al palacio de Tacubaya. La Patria se llamaba Remedios y era murciana, pero había vivido algunos años en Francia, donde estudió ballet. Me siento muy honrada por su invitación, alteza, y espero haber estado a la altura de mi papel. Cuando solté el primer bostezo, comprendió que debía ponerse en acción y comenzó a desnudarse.
     —Déjate la corona con los nopales —le supliqué.
     En Francia, Remedios había aprendido todo lo que hay que saber sobre las caricias bucales. Mientras su lengua educada erguía mi virilidad, yo acariciaba los nopalillos de su corona. Una tibia lasitud se apoderó de mi cuerpo y en mis oídos seguían resonando los acordes del himno. Creo que la bella Remedios me quitó la pierna postiza, pero no recuerdo haber llegado al acto carnal. Tal vez me quedé dormido en mitad de la suerte.