sábado 23 de abril de 2011

Puesto ya el pie en el estribo…

Cuenta la leyenda que un día como hoy, hace 395 años, fallecieron los máximos exponentes de la literatura en sus respectivas lenguas, español e inglés: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Como en una especie de gran coincidencia cósmica, ese 23 de abril de 1616, ínfimo trocito de tiempo si se le compara con el devenir de la historia de las letras; en ese fugaz lapso de 24 horas, la muerte se los llevó a los dos. Y por si a alguien le pareciera poca la coincidencia, aun registra la historia otro deceso literario ocurrido ese mismo y fatídico 23 de abril: el de Inca Garcilaso de la Vega, escritor e historiador mestizo del Perú colonial (ojo: no confundirlo con el insigne poeta español Garcilaso de la Vega, quien vivió un siglo antes).

Bueno, eso cuenta la leyenda. Ahora que, si se pone uno a investigar, resulta que Cervantes en realidad falleció el 22 y el 23 fue enterrado; y que Shakespeare falleció el 23 de abril pero del calendario juliano, o sea que en el calendario gregoriano, que es el nuestro, en realidad vino a morirse hasta el 3 de mayo… Caray, qué aguafiestas son los datos históricos exactos.

En fin… Cualquier pretexto hubiera sido bueno, pero la singularidad de esta fecha me da pié para compartir el fragmento de un texto que escribió Cervantes tres días antes de morir (el 19 de abril) y que, para mí, constituye no sólo una muestra bellísima de su prosa, sino una actitud ante la vida —y ante la muerte— que nunca me deja indiferente. Se trata ni más ni menos que de la dedicatoria que llevó su novela póstuma, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, dirigida al conde de Lemos, virrey de Nápoles, de cuya corte quiso formar parte el escritor. Hoy en día todo mundo conoce a Cervantes y a su Quijote, pero pocos los leen. Sirva la memoria de un grande como acicate para que, quien no se haya atrevido todavía a ahondar en su obra, se anime y entienda la inmortalidad de quienes, a pesar de su muerte física, perduran a través de los siglos en sus letras imborrables.

 

Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan:

Puesto ya el pie en el estribo,

quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

     Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo eso, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de Vuesa Excelencia: que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y, por lo menos, sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun más allá de la muerte mostrando su intención.

 

cervantes_juan_de_jauregui