lunes 9 de mayo de 2011

La (in)seguridad pública desde la derecha y desde la izquierda

No tiene mucho tiempo que comenté aquí en el blog el triste cuadro de la apatía política en México. En esa ocasión, tras describir con amargura el valemadrismo generalizado que se aprecia en nuestra sociedad, reconocía yo, sin embargo, que de cuando en cuando, en determinadas coyunturas, surgen movimientos sociales de gran calado que cimbran la conciencia adormecida de importantes fracciones de la población —siempre minoritarias, por supuesto, pero significativas— y logran que la gente tome las calles y ejerza su ciudadanía en forma activa. Me da mucho gusto que precisamente en estos días asistamos al nacimiento de un movimiento de ese tipo. Ayer 8 de mayo, con la culminación de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad, quedó consolidado un nuevo frente ciudadano contra los excesos e ineptitudes gubernamentales que nos tienen hoy casi ahogados en un océano de sangre.

Marchapaz-Zócalo

Antes de Sicilia habíamos tenido una Marisela Escobedo, una familia Reyes Salazar, una Luz María Dávila, un Alejandro Martí, una Miranda de Wallace, etcétera, pero pocas de esas víctimas de la barbarie habían logrado condensar una energía social tan grande y encauzarla por la vía del activismo ciudadano. Es cierto que movilizaciones como la Megamarcha contra la Inseguridad de 2004 y su secuela de 2008, “Iluminemos México”, tuvieron un poder de convocatoria mucho más grande que el que logró la marcha encabezada por Sicilia, pero aún así opino que este movimiento es mucho más significativo que los anteriores. ¿Por qué? Porque entre el movimiento alrededor de Sicilia y los otros movimientos mencionados existen importantes diferencias en el orden cualitativo. Me parece fundamental anotar estas diferencias, pues sólo así se puede ponderar en justa medida la relevancia del esfuerzo que llevan a cabo los ciudadanos reunidos en torno a Sicilia en comparación con esfuerzos anteriores que aparentemente —recalco: sólo aparentemente— han ido encaminados en el mismo sentido.

Primero, algunas observaciones. Todas estas luchas —las megamarchas organizadas por México Unido contra la Delincuencia, la movilización social en torno a personalidades como Alejandro Martí o Javier Sicilia, etcétera— se originan por lo general de forma similar: la severa crisis delincuencial en que está sumergido el país alcanza en forma directa a un personaje connotado o a sus seres queridos; dicho personaje, por su notoriedad pública o recursos económicos, tiene a su disposición los medios para hacer oír su voz y expresar, además de su rabia y su dolor, un reclamo directo al gobierno por su incapacidad para abatir el grave problema de la inseguridad, que logra aglutinar alrededor a la población, la cual se siente identificada porque sufre en carne propia los efectos de la violencia de que él fue víctima. Lo importante es ubicar que, tanto en el caso de Sicilia como en el de Martí y otros, el reclamo esencial hacia el gobierno tiene que ver con su pasmosa ineptitud: la criminalidad aumenta, la violencia también, y el Estado no puede cumplir con una de sus funciones esenciales, que es la de garantizar la seguridad de su población.

El problema en los diferentes casos ha sido el mismo: la incapacidad gubernamental en la lucha contra el crimen. Se trata de un problema que corresponde al ámbito de la seguridad pública. Ahora bien, ¿en qué consisten las diferencias cualitativas entre el movimiento en torno a Javier Sicilia y las movilizaciones que se han llevado a cabo en años anteriores? Todas estas luchas han tenido como eje el mismo tema, el de la seguridad; sin embargo, la que se organiza alrededor de Sicilia difiere radicalmente en cuanto a la manera en que concibe el tema y las soluciones que plantea para la problemática existente.

Cuando hablamos de Alejandro Martí, Miranda de Wallace, María Elena Morera (México Unido Contra la Delincuencia) y otros adalides ciudadanos del reclamo contra la inseguridad, estamos hablando de casos en los que, al igual que en el de Sicilia, hubo movilizaciones ciudadanas, marchas, protestas. Sin embargo, las respectivas luchas de estos personajes —esto es fundamental— nunca abogaron por un cambio real, un cambio de enfoque en la política de seguridad de los gobiernos panistas. Se limitaron a exigir un combate efectivo a la delincuencia; combate efectivo en el sentido de combate esencialmente policiaco. Nunca pusieron el acento en otro tipo de cuestiones, como las causas sociales de la delincuencia, las raíces socioeconómicas de la espiral de violencia que hoy va para los 40,000 muertos. Cierto, Sicilia también exige combate efectivo a la delincuencia (porque es falso que lo que él pide sea la claudicación del Estado en el tema de la seguridad; eso no sólo es absurdo, sino completamente idiota); pero aquí, combate efectivo realmente combate en diversos ámbitos además del policiaco, un combate completo, multidisciplinario, inteligente. En la visión que plantea Sicilia y que defienden los ciudadanos que lo apoyan, esos resultados sólo se podrán conseguir a través de un cambio total de enfoque del problema de la delincuencia, y he aquí la gran diferencia con Martí, México Unido Contra la Delincuencia y compañía.

En realidad, no se trata de otra cosa que de una de las diferencias históricas entre derecha e izquierda en el tema de la seguridad pública. No se trata de descalificar la lucha de Martí ni la de De Wallace, ni siquiera la de México Unido Contra la Delincuencia —pese a los muchos cuestionamientos que se les pudieran hacer—, ni de minimizar sus respectivas tragedias familiares o cuestionar la legitimidad de sus causas. Simplemente, lucharon en concordancia con su ideología (y sus intereses políticos y económicos, por supuesto). Para ellos, como para la derecha en general, la solución al problema de seguridad, a todo problema de seguridad, es esencialmente policiaca. Históricamente, uno de los rasgos distintivos de la derecha en el tema de la seguridad consiste en que su abordaje del asunto se centra esencialmente en la agudización y perfeccionamiento de las estrategias, métodos y acciones represivas, mientras que la izquierda, por el contrario, se preocupa por las condiciones sociales y económicas en que se desarrolla el problema de la criminalidad y prioriza el mejoramiento de esas condiciones, con miras a evitar el crimen, a las medidas punitivas contra los delincuentes, una vez que ya ha sido cometido.

El problema es que, en el contexto actual, esa visión represiva se ha apoderado por completo de la agenda gubernamental. En el caso del presidente, es patente que pasó desde hace tiempo a la esfera psiquiátrica: Calderón está obsesionado, no habla de otro tema, nadie lo saca de sus trece con su malhadada guerrita. Desde diciembre de 2006 seguridad pública y seguridad nacional, que teóricamente deberían estar claramente diferenciadas, se hallan confundidas en una maraña indescifrable; el enfoque policiaco para resolver los problemas ha dado paso a uno peor: el militar. Y esto tiene que ver con otra cualidad histórica de la derecha a la hora de combatir la inseguridad: la tendencia a presentar el mundo y la sociedad en términos maniqueos. El bien versus el mal. El bien, representado por el valiente y gallardo superpolicía García Luna, productor y protagonista de su propia telenovela. El mal, encarnado por los “hijos de puta” de Aguilar Camín, entes demoniacos que amenazan al país y que deben ser eliminados. Sí, el mal debe ser eliminado, literalmente: concederles a los criminales (demonios) la oportunidad de un debido proceso judicial sería tanto como elevarlos a la categoría de seres humanos, reconocer incluso —¡qué barbaridad!— que tienen “derechos humanos”, sea lo que sea eso. Por supuesto que nuestra actual derecha en el poder, tan heroica ella, no puede permitir semejantes afrentas al orden natural de las cosas: el bien debe prevalecer.

Hoy, Martí, De Wallace y demás personajes de la derecha ciudadana parecen plenamente conformes con la política de masacre masiva. Parece que su activismo ya quedó atrás. Hoy se les ve tomándose la foto con Calderón, cenando y departiendo con él, luciendo sus credenciales de “expertos” en el tema de seguridad en los foros (monólogos) gubernamentales. ¿La solución a esta grave crisis de seguridad? Oh, es muy clara: necesitamos más policías, muchos policías; o mejor aún: soldados, muchísimos soldados. Búnkers, cámaras, espionaje satelital, tanques, helicópteros, blindaje, armas sofisticadas, apoyo de Estados Unidos, Iniciativa Mérida, balazos, paramilitarización, exterminio de criminales (o de quienes tengan la pinta de serlo), más balazos, más violencia, más, mucha más sangre…

Ante la urgencia de detener la escalada de horror, el nuevo movimiento ciudadano por la paz no podía llegar en mejor momento. Su diagnóstico es preciso, sus propuestas están hechas. Sólo un (des)gobierno sordo y ensoberbecido como el que padecemos puede seguir haciendo oídos sordos. Y lo peor es que lo hará. No por eso hay que abandonar la trinchera. El futuro de esta expresión ciudadana es todavía incierto, pero vale la pena mantenerla viva.