Un 18 de mayo como hoy, hace 31 años, Ian Kevin Curtis, vocalista y alma de la agrupación musical británica Joy Division, ató una soga a una de las vigas del techo de su cocina. Tras ver su última película —Stroszek, de Werner Herzog— y oír su último disco —The idiot, de Iggy Pop—, se suicidó ahorcándose. Cuenta una macabra leyenda que, para subir al nivel del nudo en el que aprisionaría su cuello, colocó en el piso un sólido bloque de hielo. Antes de treparse en él, encendió la calefacción. Luego, esperó lentamente el derretimiento del cubo y la muerte. Tenía 23 años.
Joy Division, la banda que conformó Ian Curtis junto con Bernard Sumner y Peter Hook, pudo haber pasado completamente desapercibida para la historia de la música a juzgar por algunos de los datos con los que contamos. Tuvo una existencia efímera: sólo tres años (1977-1980) y sólo dos álbumes, uno de ellos salido a la venta tras la muerte de Curtis (Unknown Pleasures, 1979; y Closer, el álbum póstumo, en 1980). La primera presentación del grupo en la que se cobró la entrada —el 27 de diciembre de 1978— reunió apenas a 30 asistentes, y la mayor audiencia que logró convocar en un concierto, ya en pleno auge, fue de 1,200 personas, cantidad casi de risa si se compara con los llenos totales que logran hoy los grupos de moda. La calidad del equipo de audio, por cierto, era terrible —puede constatarse hoy oyendo los discos recopilatorios de sus presentaciones en vivo—. Era el típico grupo primerizo, cuyas tocadas se efectuaban por lo común en bares y modestas discotecas, y cuyos integrantes trabajaban independientemente de su dedicación a la banda para ahorrar y poder comprarse sus instrumentos.
Hoy, queda claro para cualquier individuo mínimamente informado al respecto que esa humilde agrupación, que pudo pasar totalmente inadvertida para el registro de la posteridad, creó un estilo irrepetible, influyó y marcó indeleblemente a muchísimos grupos y corrientes musicales que vendrían después. Se convirtió, sin duda alguna, en un grupo de culto, en todo el sentido de la expresión. Hizo historia.
En especial, se considera a Joy Division como puntal —junto con The Cure, mi otro grupo favorito en inglés— de un género que se ha dado en llamar post-punk. Yo, que poco o nada sé de géneros o tendencias musicales, me limito a consagrar a estas dos bandas en mi top ten personal y deleitarme con los productos de su genialidad.
Sólo para redondear, agrego que muchísimos elementos de las tendencias que hoy agrupamos bajo las denominaciones “dark” o “gótico” son herencia de bandas como Joy Division y The Cure. Posteriormente, influidos de manera directa por estos pioneros, vendrían grupos y personalidades como Siouxsie & The Banshees, Bauhaus, Interpol, Depeche Mode y un largo etcétera, que darían vida a otras tantas ramificaciones musicales y culturales del legado original: de no ser por dicho legado, tan sólo en Latinoamérica difícilmente hubieran existido como las conocemos bandas fundamentales como Caifanes, Héroes del Silencio o Soda Stereo, entre tantas otras. Ignorantes de los significados y orígenes de las subculturas a las que pretenden pertenecer, la mayoría de los integrantes de las llamadas “tribus urbanas” con ecos de la “onda dark” —como los denominados darketos, emos, punketos y demás lacra— desconocen por completo a Joy Division, lo cual equivale a no conocer la identidad de un padre. Pero bueno, ¿qué se puede esperar? La pertenencia a una de estas “tribus” se limita a adoptar un conjunto de actitudes ridículas, acompañadas de atavíos llamativos, peinados estrafalarios o perforaciones masoquistas.
Por lo demás, tanto dentro como fuera de estos guetos culturales ya casi nadie oye o conoce siquiera a grupos tan fundamentales. No conozco prácticamente a nadie de mi edad que comparta mi gusto por las dos bandas multicitadas, Joy Division y The Cure. Ya no digamos mi pasión exaltada por su música. Reina el reggaeton y la música guapachosa (gruperas, norteñas, cumbias y demás guácala), por no mencionar el rock viciado y chafa (¿quién que haya oído a Caifanes o a Soda Stereo puede pensar que mierda como Zoé es rock?). Hoy en día, el entorno auditivo ya sólo destila inmundicia.
En este contexto, recordar a Ian Curtis con motivo del aniversario 31 de su muerte, más allá de mero chocheo nostálgico, es añoranza por aquella música que nace de las fibras más hondas del espíritu, aquélla que apela tanto a las emociones como a la inteligencia, y aun a algo más, algo indefinido que vibra en el interior de todo ser humano que cuente una sensibilidad mínimamente refinada. Es una especie de euforia dormida, que sólo despierta al contacto con lo sublime. Como una célula que explota, podría decirse, citando a otro grupo inolvidable. La música que logra transmitir algo tan indescriptible no puede considerarse menos que genio en estado puro. Así me ocurre con Joy Division.
Y hay que decirlo: Joy Division es Ian Curtis. Joy Division no existe ni se entiende sin Ian Curtis. Este “poeta maldito” del punk-rock le imprimió a tal grado su esencia, su personalidad a la banda, que su muerte significó la muerte de Joy Division. En efecto: después del trágico suicidio, los restos de la agrupación fueron rebautizados como New Order y el concepto musical se transformó sustancialmente. No negaré que New Order tiene lo suyo —sí, me gusta alguna que otra de sus canciones—, pero ni en sus momentos más afortunados se compara con el estilo único de Joy Division/Ian Curtis.
Así, pues, para comprender al legendario grupo se vuelve indispensable conocer al hombre: Curtis, joven clasemediero británico, habitante de los suburbios citadinos de la provincia inglesa en proceso de industrialización (urbanización, derrumbamiento, contaminación, humo negro que se fuga de chimeneas gigantescas, desolación), aficionado a la literatura, en particular a la poesía, y posteriormente a la música. Un joven cuyo aspecto no correspondió al de una estrella de rock: más bien parecía un oficinista, con su camisa de botones, pantalones formales y el cabello bien recortado. Un observador ajeno a su música jamás sospecharía el vozarrón enérgico que se esconde tras ese rostro de apariencia ingenua, casi adolescente.
Integrantes de Joy Division. Ian Curtis es el segundo de izquierda a derecha.
En Joy Division se distinguen con facilidad dos tendencias:
1) melodías tétricas, cargadas de intensa melancolía, con letras fúnebres e introspectivas, ritmos muy lentos y desoladores; corresponden sobre todo al periodo en que la banda ascendía en fama y notoriedad, ya cercano el suicidio de Curtis; muchas de ellas se encuentran en la producción póstuma Closer (Decades, incluida en dicho álbum, es considerada en alguna lista que vi por ahí la canción más triste de la historia; yo agregaría que no por ello deja de ser sublime);
2) ritmos frenéticos, enloquecidos y rápidos, que, sin embargo, logran una armonía en el caos, en la discordancia; canciones aceleradas que casi lo invitan a uno a bailar como desquiciado.
Ambas tendencias corresponden a la persona de Ian Curtis, quien escribía las letras de las canciones, muchas veces inspirado en referencias literarias, sobre todo poéticas. Su gusto se inclinaba por autores experimentales. De sus influencias en este campo proviene el dejo melancólico y las metáforas difusas e intangibles que caracterizan a sus composiciones. El resultado es una suprema belleza: eso sí, difícil de apreciar para quienes prefieren la ligereza, la sonrisa fácil y evitan todo lo que huela a profundidad reflexiva.
La epilepsia de Ian Curtis, padecimiento que lo postró en una fuerte depresión y que contribuyó —se intuye— a su posterior suicidio, se encuentra presente en el frenesí histérico de canciones como Digital, cuyas veloces y disparejas evoluciones recuerdan las convulsiones de un ataque epiléptico. Curtis mismo creó una danza bastante original, que ejecutaba en el escenario al ritmo demencial de estas canciones y que consistía prácticamente en imitar sus propios ataques de epilepsia, con movimientos espasmódicos y sacudidas violentas. Hubo ocasiones en que, en medio de un concierto, ataques reales lo llegaron a sorprender, pero el público, así como los demás integrantes de la banda, tardaban en darse cuenta del percance, pues no era fácil distinguir cuándo las convulsiones eran parte del espectáculo y cuándo eran auténticas.
Presentación en vivo de Joy Division con danza frenética de Ian Curtis incluida.
Dramatización de un ataque epiléptico de Ian Curtis en medio de un concierto en la película Control (2007). El actor, Sam Riley, parece auténtico clon de Curtis.
Para mayo de 1980, la lucha de Joy Division parecía coronada por un éxito irrevocable. La fama del grupo iba en ascenso, su segundo disco había sido ya grabado, importantes disqueras ofrecían jugosos contratos (Warner Bros ofreció un millón de dólares, pero los integrantes de la banda despreciaron la oferta: nunca respondieron) y en unos pocos días más estaba por iniciar su primera gira internacional, en la cual la banda se trasladaría a Estados Unidos. Aparentemente, Curtis compartía la euforia de sus compañeros; se le notaba contento y satisfecho. Por eso, la sorpresa fue abrumadora para todos al enterarse de que, el 18 de mayo de 1980, el vocalista se había suicidado.
Con un matrimonio deshecho y la perspectiva del agravamiento inminente de sus crisis epilépticas, Ian Curtis tomó la decisión: ató una soga a una de las vigas del techo de su cocina…
En su lápida se lee la inscripción “Love will tear us apart” (El amor nos hará pedazos), en evocación de la canción que, tras la muerte de Curtis, se convirtió en un éxito mundial y que, hasta la fecha, es la más conocida de Joy Division. Incluida en la lista de las mejores canciones de la historia por la revista especializada Rolling Stone, Love will tear us apart es, sin duda, una de mis eternas favoritas. Con ella despido este intento de semblanza.



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