miércoles 31 de agosto de 2011

Santa, non sancta

En tercer año de la secundaria una maestra nos encargó leer Santa. Me refiero, por supuesto, a la célebre novela mexicana de principios del siglo XX escrita por Federico Gamboa, cuya trama gira en torno al drama de una muchacha que se ve obligada a entrar en el mundo de la prostitución tras ser expulsada de su hogar por su familia. Hace poco hice una relectura del libro, con lo que consolidé mi opinión de aquella primera vez: ¿cómo se le ocurre a una maestra de secundaria dejar esa lectura a sus alumnos? ¡Es una infamia! Si de por sí los niveles de lectura en México están para las lágrimas, esa clase de ideas empeoran la situación, pues hacen desear al alumno promedio de ese nivel escolar nunca más tener contacto con un libro.

Prescindiré de toda modestia para argumentar mi punto: yo, que en materia de lectura siempre fui un niño y un adolescente superdotado, sobresaliente en toda escuela y definitivamente un adelantado de mi generación, no pude entender Santa a los 14 años de edad. Vaya, en ese entonces ni siquiera llegó a la categoría de “libro aburrido”. Quizá se me hubiera hecho aburrido si lo hubiera podido entender, pero como no fue así, más bien quedó en la categoría de “libro indescifrable”. Aquí quiero aclarar que era indescifrable no porque hablara de prostitutas y yo fuera un inocentón, sino sencillamente porque su lenguaje —aquella prosa hiperflorida y farragosa tan propia de la literatura mexicana de la época y el habla plagada de castellanismos de los personajes— era para mí ininteligible. Años después descubrí que, para colmo, lo que había leído yo en realidad era una de esas asquerosas, detestables, vulgares y mediocres ediciones “recortadas” que sacan a la venta editoriales chafas (Editores Mexicanos Unidos, recuerdo bien): o sea que ni siquiera leí la novela completa, lo que leí fue un burdo resumen.

Experiencias como ésa me traumaron, por lo que reitero mi opinión: dejar Santa u alguna otra obra similar a estudiantes de primaria o de secundaria en México es una infamia. Pasa lo mismo con La Ilíada o con Cien años de soledad (que también leí en la secundaria… y por eso la terminé odiando). Hay algunas que ni siquiera a nivel bachillerato son asequibles (recuerdo cómo sufrí con una noveleta de Mariano Azuela… fue, de verdad, intolerable). Es que, sencillamente, no se vale. No hagan eso, profesores. En esa etapa, mil veces mejor es poner a los chavos a leer Harry Potter.

Hecha mi recomendación práctica, retomo Santa. Poco podría decir si la quisiera abordar con alguna erudición desde el punto de vista estético, y de seguro, en ese caso, diría puras sandeces. Aparte de que no soy ningún experto en teoría literaria, apenas si puedo entender las intrincaciones de conceptos como “naturalismo”, “realismo” o sus respectivas influencias y derivaciones; tampoco he leído a Émile Zola, como para establecer si realmente Federico Gamboa se fusiló en buena medida varias de las situaciones e ideas que plasma en su Nana; vaya, ni siquiera he leído tampoco a Flaubert y a su Madame Bovary como para ponerme a disertar sobre correspondencias entre ambas féminas transgresoras de la literatura. No, la verdad no puedo elaborar ninguna crítica muy “culta” de Santa. Sólo puedo mencionar algunos aspectos por los que, a mi juicio, esta novela conserva un valor trascendente.Santa

1) Constituye un espléndido documento histórico en el cual se encuentran, vivos y detallados, varios ambientes y personajes de la Ciudad de México en pleno Porfiriato. Desfilan entre sus páginas las escenas de burdeles de todo tipo, cafés, restaurantes, juzgados, agencias del ministerio público, teatros y vecindades, así como la descripción de hábitos y costumbres, plasmados tanto en personalidades burguesas como en desheredados de la fortuna. Santa quizá copie los motivos típicos de la literatura francesa entonces en boga, pero los traslada y adapta exitosamente a los escenarios y situaciones mexicanas, los cuales se sienten auténticos.

2) Encuentro otro valor, también histórico, que consiste en el impacto de los elementos de crítica social que contiene: en su tiempo —se publicó en 1903— desató una fuerte polémica. Los eternos guardianes de “la decencia y las buenas costumbres” se lanzaron furibundos contra una obra que hablaba explícita y pecaminosamente de prostitución y, ¡peor aún!, intentaba en sus páginas redimir la figura de la prostituta, arrancarla de su estigmatización social y denunciar todo un sistema fundado en la hipocresía moral. Eran, pues, los fariseos de siempre quienes persiguieron la novela, escudados en la religión y la moral burguesa. Como suele ocurrir en este tipo de casos, su arduo activismo a favor de la censura funcionó mejor que cualquier estrategia de mercadotecnia: Santa alcanzó insospechados niveles de ventas para su época y se convirtió en el primer gran best-seller mexicano: inmediatamente se comenzó a reeditar.

3) No me importa que la élite del gusto literario desprecie las historias sencillas (las que se sustentan en “clichés” y en las “emociones básicas”, diría quizá alguno de sus integrantes). Hay dramas humanos que, por más trillados que puedan estar, nunca perderán su vigencia. La típica historia de “la bella y la bestia” o, en este caso, el imposible romance entre la joven, codiciada Santa y el horrendo, ciego, repulsivo Hipólito, no deja de conmover y creo que se encuentra bastante bien manejada. Y, por lo demás, aunque sus acérrimos críticos le sigan encontrando defectos, es innegable que Santa, muy a pesar de ellos, alcanzó la inmortalidad literaria. Creo que sí la merece.

Pero repito: no obliguen a chavos de secundaria a echársela. Tampoco hay que mancharse así con ellos.

A contar de la edificante cena, trocóse Santa de encogida y cerril, en cortesana a la moda a la que todos los masculinos que disponían del importe de la tarifa, anhelaban probar. Más que sensual apetito, parecía una ansía de estrujar, destruir y enfermar esa carne sabrosa y picante que no se rehusaba ni defendía; carne de extravío y de infamia, cuya dueña, y juzgando piadosamente, pararía en el infierno; carne mansa y obediente, a la que con impunidad podía hacerle cada cual lo que mejor le cuadrase. Y aunque entre tantísimo caballero había padres de familia, esposos, gente muy adinerada y muy alta, unos católicos, otros librepensadores, filántropos, funcionarios, autoridades, como la muchacha de perderse tenía, a nadie le ocurrió intentar siquiera su rescate,—que en este Valle de las Lágrimas fuerza es que todos los mortales carguemos nuestra cruz y que aquel á quien en suerte le tocó una pesada y cruel, pues que perezca! Aquello fué un furioso galopar de personas decentes, respetables, alegres y serias, tras la muchacha recién caída; pero galopar agresivo, idéntico al de los garañones de las dehesas, que encendidos en bestial lascivia nada los contiene ni nada respetan. Puede decirse que la entera ciudad concupiscente pasó por la alcoba de Santa, sin darle tiempo casi de cambiar de postura. ¡Caída! caída la codiciaban! caída soñábanla! caída brindábales la vedada poma, supremamente deliciosa!!…