Se repite tanto que ya es cliché, y sin embargo habrá que repetirlo por enésima vez, pues es cierto: este mes de fiestas patrias no hay nada que festejar. Es absurdo celebrar la “independencia” de un país sometido más que nunca a las políticas de Estados Unidos. La situación de crisis en todos los órdenes de la vida pública (violencia, depresión económica, desastre político, etc.) no da lugar a ninguna clase de optimismo. Un país agonizante no puede tener ningún motivo de orgullo nacional.
Ésa es la realidad. Pero mientras todo eso acontece, en una esfera ajena y distante se encuentran nuestros gobernantes (junto con una parte sustancial de la población, alienada por la televisión). En esa especie de México paralelo, todo es color de rosa. Los festejos son bellos y coloridos, a nadie le importa que carezcan en absoluto de contenido. Se exalta a los héroes que nos dieron patria, se inflama el sentimiento patriótico a fuerza de interminables ráfagas de spots televisivos y se llena el Zócalo con gente acarreada para dar “el Grito”. Truenan los cohetes y los borrachos gritan “¡viva México!” con enjundia. Son fiestas de oropel y pirotecnia. Las vimos el año pasado con el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, las volvemos a presenciar ahora. Un marciano pensaría, al mirar todo este espectáculo, que los mexicanos están encantados con su decadente situación actual. No es eso, claro: simplemente son ignorantes. Además, les gusta armar relajo, por lo que cualquier ocasión es buen pretexto.
En este lamentable escenario, la manipulación de la historia patria con fines propagandísticos ocupa un lugar primordial. Es así desde siempre, y no sólo en México: dondequiera, la construcción de mitos fundacionales es parte esencial de la construcción de una identidad común. Sin ella, la idea una nación nomás no sería viable. Gran parte de la fuerza del régimen construido a partir de la Revolución Mexicana residió, precisamente, en los mitos que forjó y que inculcó en la población con singular eficacia a través del sistema educativo. Alguien que comprendió esto a la perfección y lo supo transmitir con brillante despliegue de genio fue Jorge Ibargüengoitia, uno de los escritores mexicanos más relevantes del siglo XX (a veces injustamente menospreciado o ignorado debido a la escasa vocación de lectura que existe en este país analfabeta). Una parte fundamental de su obra —desarrollada en ámbitos como la narrativa, el drama y el periodismo— se enfocó precisamente en el examen agudo y en el derrumbe estentóreo de esos grandes mitos esculpidos en bronce por el priísmo. Sin miramientos de ningún tipo, se dedicó a echarlos abajo con ayuda del más eficaz instrumento de demolición que existe: el humor; particularmente, el sarcasmo fino y agudo.
En sus novelas más memorables, así como en varias de sus obras de teatro y en sus colaboraciones periodísticas, se dedicó a analizar y a recrear los episodios y personajes sagrados de la historia de México según el PRI. Se puede echar una ojeada, nomás para darse una probadita, a los artículos y ensayos que publicaba en el diario Excelsior, entonces dirigido por Julio Scherer, donde el tema histórico aparecía en forma recurrente. Se trata de reflexiones originales, frescas y, sobre todo, divertidas. Las recopilaciones de estos textos actualmente ocupan volúmenes enteros. Reproduzco a continuación el fragmento de uno de ellos (“Nuevas lecciones de historia. Revitalización de los héroes”, 1 de junio de 1974), donde expresa diáfanamente algunos de los puntos clave en su visión de la historia mexicana.
La historia que nos han enseñado es francamente aburridísima. Está poblada de figuras monolíticas, que pasan una eternidad diciendo la misma frase: “la paz es el respeto al derecho ajeno”, “vamos a matar gachupines”, “¿crees tú acaso, que estoy en un lecho de rosas?”, etcétera.
Los héroes, en el momento de ser aprobados oficialmente como tales, se convierten en hombres modelo, adoptan una trayectoria que los lleva derecho al paredón, y adquieren un rasgo físico que hace inconfundible su figura: una calva, una levita, un paliacate, bigotes y sombrero ancho, un brazo de menos. Ya está el héroe, listo para subirse en el pedestal.
Todo esto es muy respetuoso, ¿pero quién se acuerda de los héroes? Los que tienen que presentar exámenes. ¿Quién quiere imitarlos? Yo creo que nadie. Ni los futuros gobernadores.(…)
Pero si la historia de México que se enseña es aburrida, no es por culpa de los acontecimientos, que son variados y muy interesantes, sino porque a los que la confeccionaron no les interesaba tanto presentar el pasado, como justificar el presente.
El cura Hidalgo de las escuelas, en el momento en que abre la boca para dirigirse a los fieles, ya tiene en la mente un panorama exacto de lo que va a resultar del lío en que se está metiendo: un México independiente, mestizo, con expropiación petrolera y reforma agraria.
La historia depurada que el priísmo construyó, al suprimir toda suerte de mancha en la vida de los grandes personajes y al eliminar las inconsecuencias y fallas en el desarrollo de los procesos históricos, despojó a los protagonistas de todo lo que les hacía humanos y a los hechos los dotó de una lógica perfecta y racional que en la realidad no tienen: nunca la tuvieron ni la podían tener. Los héroes se convirtieron instantáneamente en estatuas y los hechos en un continuo progreso —con algunos obstáculos y retrocesos de por medio, pero progreso al fin y al cabo—, con la Revolución y el régimen que de ella emanó como encarnación de las aspiraciones históricas finalmente realizadas. A los héroes de la patria —los “buenos”—, puros y libres de defectos, hubo que oponer antagonistas —los “malos”—, quienes, a la manera de los villanos telenovelescos, fueron investidos de vicios y lacras de toda especie. El maniqueísmo se instaló en la historia de México, una larga lucha del bien contra el mal: insurgentes contra realistas, republicanos contra monarquistas, federalistas contra centralistas, liberales contra conservadores… Terminada esa grandiosa épica, vino luego otra etapa, la Revolución, a la que Ibargüengoitia describe como un western donde, curiosamente, casi todos los implicados son ubicados en el bando de los buenos, no obstante que se hayan peleado y matado entre sí: Carranza, Villa, Zapata, Obregón, Calles, etc. Finalmente, llegados los gobiernos revolucionarios y justicieros, la sempiterna lucha entre bandos contrarios desaparece, porque el mal finalmente ha sido extirpado y reina la paz: todos están de acuerdo con el “Señor Presidente”.
Esta gran fantasía contribuyó en forma decisiva a legitimar el prolongado dominio del PRI. Sus representantes se mostraron ante el pueblo como los herederos de ese heroico legado de patriotas, mártires y caudillos. Sin embargo, en la realidad los acontecimientos carecen de esa perfección lógica que se quiere adjudicarles. La gran reflexión subyacente en buena parte de la obra de Jorge Ibargüengoitia, sobre todo en sus novelas de parodia histórica, es que, por el contrario, la historia suele ser un encadenamiento de equívocos, errores, improvisaciones, virajes repentinos y hasta simples y llanas tonterías que cometen quienes la protagonizan. En la vida cotidiana muy pocos de nuestros actos nos salen tal y como planeamos —si es que los planeamos—; entonces, ¿por qué habría de esperarse que los grandes acontecimientos históricos fluyan sin contratiempos? ¿Es que acaso los grandes héroes vivían pensando constantemente en el futuro, en las consecuencias de sus decisiones, cuidando su imagen para lucir intachables ante los mexicanos del futuro?
Es mi intención, en este texto que dividiré en dos partes, comentar las obras cumbre de Jorge Ibargüengoitia: sus dos novelas más importantes, aquellas por las que es más recordado y que, precisamente, se enmarcan en la temática histórica, concretamente en las gestas armadas que más mitos han generado alrededor suyo: la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana. Se trata, por decirlo así, de novelas “contrahistóricas”: recrean, siempre con afilado humor y absoluta falta de solemnidad, los acontecimientos que la historia oficial volvió textos sagrados. Los ponen de cabeza, los sacuden y los vuelven a voltear. El resultado es una original y atractiva visión que, sobre todo en estas fechas de insoportable levedad patriotera, se antoja como un remedio contra la fatuidad. Quien no las haya leído todavía, no debe perdérselas. Se trata, curiosamente, de la primera novela y de la última que escribió Ibargüengoitia. La primera —Los relámpagos de agosto (1964)—, se desarrolla en los años postreros de la Revolución; la última —Los pasos de López (1982)—, nos lleva a los momentos en que se fraguaba la conjura contra el gobierno virreinal que al cabo produciría la Independencia de México.
En ánimo de seguir las efemérides, primero me dedico a esta última, hoy 16 de septiembre. Dentro de dos meses, el 20 de noviembre, publicaré en este blog el comentario correspondiente a Los relámpagos de agosto.
Los pasos de López: la Independencia hecha comedia de enredos
Media entre Los relámpagos de agosto y Los pasos de López el grueso de la producción literaria de Jorge Ibargüengoitia, en la que destacan varias otras novelas. Al momento de escribir la última, no sólo había madurado su estilo, sino que se había consolidado como escritor de cierta fama. Si se atiende a algunos de sus escritos anteriores, puede inferirse que la idea de elaborar una novela sobre la figura de Miguel Hidalgo quizá ya rondara en su cabeza desde hacía bastante tiempo (así parece confirmarlo, entre otros indicios, el claro antecedente que constituye su obra teatral La conspiración vendida).
Los pasos de López narra el inicio de la guerra de Independencia a partir de los sucesos ocurridos en torno a la conspiración de Cañada —el equivalente de la conspiración de Querétaro en la realidad paralela que construye Ibargüengoitia—. Cuenta la historia el teniente Matías Chandón, un recién llegado a la población donde se maquina la independencia de la Nueva España, quien es reclutado para la causa de la insurrección casi sin darse cuenta. Bajo la fachada de una tertulia nocturna que se reúne habitualmente con fines lúdicos —la Junta del Reloj—, el grupo de conspiradores organiza clandestinamente el levantamiento contra el gobierno virreinal. Conforme la historia avanza, una serie de malentendidos y equívocos —cuya trama finamente enredada, plena de giros y sobresaltos, delata la formación dramatúrgica de Ibargüengoitia— echa abajo todos los planes preconcebidos y obliga a los insurrectos a improvisar, lanzándolos bruscamente a la guerra que cambiará la historia del futuro México.
En esta novela la habilidad narrativa de Jorge Ibargüengoitia se despliega en toda su dimensión. El ritmo se halla perfectamente logrado, de modo que el lector sigue amenamente el recorrido por las etapas preliminares de la conspiración y, con dosis adecuadas de suspenso, va conociendo a cada uno de los principales personajes, figuras dibujadas con maestría, detalladas con precisa medida. En la mayoría de ellos es posible hallar sin mayores dificultades al alter-ego de cada uno de los hé
roes y villanos que nos presentaron los libros de texto de historia en la primaria, sólo que Ibargüengoitia se desprende de todo compromiso con esa pétrea y maniquea historia oficial. En lugar de estatuas, nos muestra a un conjunto de seres humanos auténticos, llenos de vida, graciosos, plantados en su realidad, despojados del halo místico que los predestina a su condición de héroes patrios.
Así, vamos conociendo al matrimonio de los Aquino —corregidores de Cañada—: don Diego, pusilánime, dominado por su esposa y, como insinúan varios pasajes de la novela, cornudo; doña Carmelita, bella, animosa y decidida, codiciada por varios de los conspiradores. Está también el padre Juanito, un anciano aquejado por “soponcios” a cada momento, y su compañero el padre Pinole, chismoso notable; el altivo capitán Ontananza; el coronel Bermejillo, cuyo pasatiempo es contar su azarosa vida a cualquier oyente que encuentre; don Pablo Berreteaga, intendente de Cuévano, quien sin sospecharlo ayuda al cura Domingo Periñón en sus planes para tomar la ciudad; etcétera…
Destaca por sobre todos los demás personajes la figura brillante de Periñón —nada menos que el alter-ego de don Miguel Hidalgo y Costilla—, cuya poderosa personalidad, avistada brevemente al principio de la novela, se adueña por completo de ella conforme va acercándose el momento decisivo, el estallido de la revuelta. Lejos del enternecedor viejito que nos muestra la historiografía oficial, vemos aquí un cura mundano, mordaz, desengañado, astuto cual zorro. Es cierto que, en la actualidad, la desmitificación de los grandes personajes históricos ya no es ninguna novedad: ahora hasta Televisa se atreve a hacerla. Pero hace 30 años, cuando salió a la luz Los pasos de López, sí que lo fue. Por lo demás, Jorge Ibargüengoitia jamás se propuso —como el revisionismo histórico de filiación pro-panista lo hace actualmente— ningún fin político, ni siquiera educativo, en la desacralización de Miguel Hidalgo y otras figuras históricas. Simplemente, halló en la conjura de Independencia, como en otros episodios de la historia de México, historias amenas, dignas de ser contadas. Únicamente había que quitarles toda esa absurda, innecesaria solemnidad.
En efecto, la historia de Miguel Hidalgo —o de cualquier otro héroe del santoral— se vuelve mucho más interesante y profunda cuando se le retira la aureola. En este sentido, es posible afirmar con toda certeza que Ibargüengoitia no satirizó a Hidalgo, ni se lo propuso. Todo lo contrario: el escritor tenía muy claro que la sátira o la burla son medios por los cuales se ridiculiza a los personajes o a los hechos. Y si se les ridiculiza, si se les presenta como absurdos, estúpidos o grotescos, es porque se les odia y se les quiere evidenciar como tales. Ahora bien, ese odio subyacente no es detectable en la presentación que nos hace Ibargüengoitia de Periñón-Hidalgo; al contrario, se advierte una gran simpatía por este personaje. Que se muestre al hombre tal como debió ser, con defectos, vicios y errores —que se le vuelva humano— no significa que se le ridiculice, de ninguna manera. Periñón tiene varios rasgos canallescos, pero al mismo tiempo es mostrado, entre todos los participantes de la insurrección, como el único que tiene clara conciencia de lo difusos que son los propósitos de la naciente gesta independentista, de lo improbable que es su victoria, y, aún así, es también el único que parece haber asumido la disposición de morir por ella.
Durante la campaña militar, lleva en un carruaje a tres jovencitas, quienes, afirma, son sus “sobrinas”. Compone versos románticos, es juerguista y parrandero. Ignorante de la estrategia y la táctica militares, tolera la indisciplina, el saqueo y el desastre en el improvisado ejército, compuesto de multitudes desharrapadas. Y sin embargo, es la figura clave, el único de los jefes insurrectos que tiene el talante y el carisma necesarios para atraer a la causa a ese gigantesco gentío. En una rebelión sin pies ni cabeza, que carece de una dirección o ideología clara —el mismo Matías Chandón, al unirse a la lucha, se muestra indiferente a la creciente enemistad entre criollos y peninsulares e ignorante de las motivaciones de la conspiración—, el cura Periñón es un personaje dispuesto a aceptar su destino, y el del movimiento que encabeza, sin chistar.
Aficionado a la representación teatral, Periñón ensaya piezas dramáticas junto con los demás miembros de la Junta del Reloj a manera de pasatiempo. En una de las obras, él interpreta a un personaje llamado López (“el personaje más interesante de la comedia, él enredaba y desenredaba la acción, resolvía todos los problemas y al final recibía todos los castigos”, lo describe la novela). Este López, personaje “metaficticio” (ficticio dentro de la ficción), resulta ser una metáfora del propio Periñón, una especie de identidad que él con gusto asume, como vemos conforme se desarrolla la historia y, de manera magistral, en su espléndido final. López, quien en principio no es más que un pícaro personaje de una comedia de enredos al estilo del Siglo de Oro español, viene a convertirse en una metáfora de la vida y peripecias de Periñón, tanto como el mismo Periñón podría considerarse como una metáfora de Miguel Hidalgo, el hombre real. Los tropiezos, brincoteos y azares de la vida parecen los de una comedia teatral; por lo tanto, en la comedia y en su absurdo queda cifrada la vida misma. López-Periñón y Periñón-Hidalgo, en última instancia, no son más que imágenes reflejadas en los espejos distorsionados de la casa de la risa. En la medida en que la risa y la comedia contienen algo de verdad, el personaje de ficción puede ser, quizá, más real que el “original”.
Así, pues, ¿por qué habríamos de creer que el Hidalgo pétreo de las estampitas de la papelería, el Hidalgo oficial, el de la historia sacra que se cuenta los 16 de septiembre, es más real que el dicharachero y ameno Periñón? ¿No tiene este último mayor esencia humana? ¿No será, por lo tanto, quizá más real que el Hidalgo real?
En la casa de La Loma nomás quedábamos “los íntimos” y el obispo Begonia. Unos fueron a dormir la siesta, otros fuimos a dar un paseo por la huerta. Cuando oscureció nos reunimos en la sala, con ganas de platicar, pero el obispo tomó la palabra y no la volvió a soltar. Periñón perdió la paciencia y nos propuso a Aldaco y a mí:
—Vámonos de parranda.
Salimos de la sala discretamente, íbamos bajando por la escalera de piedra cuando Carmen nos alcanzó.
—¿A dónde van? —preguntó.
—Vamos a pasear por los callejones a la luz de la luna —dijo Periñón.
No había luna, estaba nublado y soplaba el viento que precede al aguacero. Carmen se molestó, lo cual me produjo satisfacción —nunca le perdoné la escena con Ontananza—. Ella entró en la casa y nosotros seguimos bajando la escalera.
Caminamos en la oscuridad tormentosa. Los truenos del cielo se confundían con los cohetes de la fiesta de los pobres. Periñón conocía el camino del callejón del Coyote mucho mejor que Adarviles y llegamos en poco tiempo a la casa de la tía Mela. Tal como había ocurrido en mi primera visita la puerta estaba cerrada y se oían murmullos adentro. Periñón dio, como siempre, los cuatro golpes pausados y, como la primera vez, la voz cascada advirtió:
—Aquí no hay nadie, ya todas las muchachas se fueron.
Entonces Periñón anunció:
—Es López.
Inmediatamente se descorrieron cerrojos, se abrió la puerta, salieron a la calle media docena de putas, se hincaron en el empedrado y besaron la mano de “López”.
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