viernes 30 de septiembre de 2011

Novelas para que el 2 de octubre no se olvide (1): Los días y los años

Conforme se suceden los aniversarios de la masacre de Tlatelolco, se impone con más fuerza el escepticismo ante el combativo lema “2 de octubre no se olvida”. El acontecimiento no sólo se aleja en el tiempo, sino en la conciencia de la gente (en muchísimos casos ni siquiera se puede hablar de olvido, sino de absoluta ignorancia: no se puede olvidar lo que jamás se conoció). La proverbial amnesia histórica del pueblo mexicano y su irrenunciable apatía complementan los esfuerzos efectuados desde el poder para sepultar en el limbo de la historia uno de los crímenes más brutales que haya perpetrado un gobierno mexicano contra su población… crimen que sigue impune, para variar. En este sentido, la censura ha tenido como aliados al olvido, la ignorancia y la indiferencia.

El mismo 2 de octubre de 1968, por la noche, Jacobo Zabludowsky comenzó su noticiario con las palabras: “Hoy fue un día soleado”, tras lo cual pasó a comentar noticias triviales del día. El 3 de octubre y los días sucesivos la prensa, en su gran mayoría, minimizó la brutal matanza. Las versiones oficiales justificaron la atrocidad: la “razón de Estado”, se argumentó, exigía desactivar de un tajo contundente la “amenaza comunista” que encarnaban los estudiantes “subversivos”. Las voces que pretendieron contar la verdad eran acalladas. Con el paso del tiempo, una timorata “apertura democrática” trajo consigo una libertad relativa para hablar de los acontecimientos del 68, siempre y cuando no se afectara la impunidad de los responsables. Cuando, muchos años después, un partido político distinto al PRI conquistó la presidencia de la república, se creó una comisión que supuestamente tenía el propósito expreso de hacer justicia por fin: la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), que terminó en estrepitosa decepción como consecuencia de la nula voluntad del nuevo partido en el poder para enjuiciar a los culpables y resolver la deuda histórica. Aquella farsa terminó por confirmar la ya innegable complicidad del PAN con el PRI, así como el burdo gat2oct68opardismo que enmascaraba aquel discursito del “cambio” con que Vicente Fox arribó a la presidencia. En diciembre de 2006, cuando lo sustituyó Felipe Calderón, no sólo desapareció la citada Fiscalía, sino todos sus archivos: una mano misteriosa los borró de la faz de la tierra y ninguna autoridad se ha preocupado por investigar qué les habrá ocurrido. Así, sea por negligencia o por complicidad, Calderón es encubridor de los asesinos.

Si a esta historia de silencio oficial y censura se le suma la ya mencionada apatía del pueblo  mexicano, podemos concluir que, a pesar de los 43 años transcurridos —y contando—, en pleno siglo XXI es vigente el reclamo del 68, el sentimiento de agravio no reparado, de herida que continúa abierta, de justicia que nunca se hizo. Por eso, de ninguna manera es ocioso el esfuerzo por recuperar la memoria, no importa que la derecha gobernante (encarnada tanto por el PAN como por el PRI) y sus personeros mediáticos e intelectuales se la pasen repitiendo como pericos la idea de que debemos “dejar atrás el pasado”, “volver la vista hacia adelante”, “superar los traumas”, etc. Es perfectamente comprensible esta reiterada invitación a olvidar: no les conviene a los representantes de esa corriente política que el pueblo ejercite la memoria. Pero su palabrería no es más que vil engaño: ¿es que alguien puede mirar hacia su futuro con esperanza si no resuelve primero su pasado?

Frente al silencio, la hipocresía y el cinismo, quienes recogieron y preservaron la memoria del 68 en primera instancia no fueron los periodistas. Mientras ellos estaban ocupados lamiendo botas, fueron los artistas principalmente —músicos, poetas, narradores, pintores— quienes asumieron la responsabilidad de registrar la epopeya del movimiento estudiantil y su horrorosa culminación. En particular, los escritores fueron pieza clave en el rescate de la memoria, y es gracias a una serie de novelas, cuentos, testimonios, poemas, obras teatrales, etc., que contamos con los cuadros más fidedignos y vivos de aquellos días. Se trata de un caso paradigmático en el que la literatura se fundió con el periodismo y llevó a cabo la misión que a éste le correspondía por obligación.

Existen más de 40 novelas inspiradas directamente, ambientadas en o alusivas al movimiento del 68. Entre las más conocidas se encuentran Los días y los años de Luis González de Alba, El gran solitario de Palacio de René Avilés Fabila y La plaza de Luis Spota. Además, se deben de incluir en el recuento trabajos periodísticos con evidente aire literario, como La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska y Días de guardar de Carlos Monsiváis. Sin embargo, fuera de obras como las mencionadas, el resto permanece en segundo plano, ya sea por su poca relevancia intrínseca o por la evidente dificultad de que una producción literaria se sitúe en el conocimiento y el gusto del gran público en un país analfabeta como México (¿quién conoce, por ejemplo, Muertes de Aurora de Gerardo de la Torre o Los símbolos transparentes de Gonzalo Martré?). Como sea, la “literatura del 68” constituye, sobre todo para quienes no están familiarizados con los hechos, una fuente idónea para acercarse a ellos, conocerlos, ahondar en su significado histórico y comprender la trascendencia de una serie de sucesos que marcaron con huella indeleble nuestra historia… aunque haya muchos que prefieran hacer de cuenta que no pasó nada.

En esta serie de ensayos me ocuparé de tres novelas fundamentales sobre el tema. Comienzo con Los días y los años, de Luis González de Alba.

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Muchos de los dirigentes del movimiento estudiantil que estremeció al país en el año de 1968 fueron apresados aquel 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas y en sus cercanías, sobre todo en la unidad habitacional de Tlatelolco. Uno de ellos era Luis González de Alba, representante de la Facultad de Filosofía y Letras ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH), el órgano creado para dirimir en forma democrática las decisiones concernientes a la conducción del movimiento. Encerrado junto con otros miembros del CNH y militantes de base en la cárcel de Lecumberri, “el Palacio Negro” de tenebrosa fama, escribió Los días y los años, su primera y más célebre novela.

Se trata de una novela testimonial (quizá sea válido también utilizar el término más moderno “novela de no-ficción”) que da cuenta en forma detallada y precisa del desarrollo del movimiento estudiantil, desde su origen hasta su extinción, pasando por la sangrienta culminación. Publicada en 1971, constituyó uno de los primeros testimonios fidedignos, contrarios a la versión oficial, que traspusieron las férreas barreras de la censura y se encontraron disponibles para el público en general.

(Ya se había publicado una novela sobre el tema, pocos meses después de la matanza de Tlatelolco. Se llamó ¡El Móndrigo! Bitácora del Consejo Nacional de Huelga. Sin embargo, no era otra cosa que un mañoso panfleto, confeccionado para apuntalar la versión oficial de los hechos. Con ese fin, se le pretendió hacer pasar como el diario auténtico de un estudiante muerto en la Plaza de las Tres Culturas, donde el supuesto joven “revela” que todo el movimiento había sido cuidadosamente planeado y manipulado con el propósito de derrocar al gobierno e instaurar una dictadura socialista, además de que la masacre de Tlatelolco había sido provocada adrede por batallones armados del CNH, entre toda una profusión de infundios que, por burdos, hedían inocultablemente a mano gobiernista. En efecto, un tiempo después se descubrió que el verdadero autor era un priísta llamado Jorge Joseph. Delataban a la novela otros indicios: la publicaba “Alba Roja”, una editorial inexistente; además, como buen folletín propagandístico, se le imprimió por decenas de miles y se distribuyó de forma masiva y gratuita, incluso por correo. En fin: la patraña era burda, pero en México es fácil encontrar crédulos, por lo que bastó para confundir a muchos incautos en aquel tiempo).

Como novela, en Los días y los años se distinguen tres líneas narrativas. Se mezclan a veces, pero casi siempre son claramente distinguibles:

1) La cronología puntual y cuidadosa de los acontecimientos que envolvieron al movimiento estudiantil. Se encuentra relatada casi al estilo de un libro de historia, casi siempre en tercera persona, pocas veces en primera. Basada en la memoria del autor, en hemerografía y quizá en otros documentos, constituye la médulaDías años del libro. Más allá del valor literario que pueda tener, el verdadero valor de la novela, hay que recalcarlo, es de carácter testimonial. Los días y los años fue en su tiempo y es hoy en día texto  fundamental para saber, con exactitud y detalle, qué fue y cómo se desarrolló el movimiento estudiantil de 1968.

2) La narración de la vida en Lecumberri. En estos fragmentos, González de Alba desgrana las anécdotas de la cárcel, describe la convivencia entre los presos, los grupos políticos conformados entre ellos, sus discusiones, debates y confrontaciones. Logra crear un panorama vívido del interior del recinto penitenciario, de su cotidianeidad y de la efervescencia política en las crujías destinadas al albergue de los presos políticos.

3) Episodios y reminiscencias de carácter íntimo, personal. Casi siempre son confusos, inasequibles para el lector. En ellos, el autor es autista, por decirlo así: se aparta del lector y escribe para sí mismo. Algunos están escritos en segunda persona, pero nunca se nombra al destinatario (incluso queda la duda sobre si podría tratarse en realidad de dos destinatarios, apelados cada uno en diferentes ocasiones). Le ocurre al lector algo similar a lo que ocurre cuando oye uno un “chiste local”, aquél que entiende nomás el que lo cuenta y quienes comparten con él alguna información indispensable para captar su sentido. Así, en estos fragmentos González de Alba se entiende solamente con su “destinatario oculto”, y el lector… bien, gracias. Por lo demás, cabe mencionar también que en ellos se aprecia un evidente y marcado “aire literario”, por comparación con el resto de la novela.

Hay constantes que se encuentran a lo largo de la novela, independientemente de la división triple que he efectuado. Por ejemplo, en la tónica de los episodios íntimos, muchos de los diálogos son confusos: no se sabe quién es el que habla y quién el que responde. De repente se encuentra uno con que en tal conversación había intervenido un personaje que hasta el momento se creía que se había mantenido callado. A veces, por este tipo de ambigüedades se pierde el hilo en ciertos momentos, lo cual demerita la narración. Pueden parecer nimiedades, pero molestan.

Desfilan a lo largo de la novela nombres de personajes que jugarían papeles más o menos importantes en la vida pública del país. Es interesante descubrir a algunos de ellos en alguna faceta personal, en alguna anécdota, encontrar cierto dato curioso. Están ahí, a nuestro lado, en la sobremesa, debatiendo en el CNH o en el patio de la prisión, personajes como Pablo Gómez, Raúl Álvarez Garín, Eduardo Valle “El Búho”, Gilberto Guevara Niebla, José Revueltas, Javier Barros Sierra, etc. (casi siempre, el autor los “cubre” usando solamente su nombre de pila). En ocasiones, se les cede la voz protagónica para relatar sus vivencias. Es interesante también conocer a los “traidores”, como Sócrates Campos Lemus y Marcelino Perelló, las sospechas que hasta la fecha los rodean (algunas ya plenamente confirmadas) y cómo contribuyeron a la desaparición final del movimiento.

Otro elemento digno de mención, presente a cada instante, es la sempiterna división en el seno de la izquierda política. Sea en el CNH, sea dentro de Lecumberri o en cualquier otra arena, ahí están las facciones, los grupúsculos: la izquierda revisionista y crítica contra el dogmatismo del partido comunista, los reformistas contra los revolucionarios, los fieles al estalinismo soviético contra los trotskystas contra los maoístas contra todos… las discusiones interminables, el tiempo perdido.

Hay que destacar también en Los días y los años la invaluable visión que González de Alba nos ofrece sobre la dirigencia del movimiento estudiantil, sobre el CNH, su funcionamiento y dinámica. Es un panorama que contribuye significativamente a esclarecer el porqué y el cómo de muchos acontecimientos. En conjunto con el recuento cronológico-histórico, constituye una estupenda vía de acercamiento a los hechos del 68 para quien los ignora o los conoce superficialmente. Por ejemplo, es lamentable que la gran mayoría de los jóvenes en la actualidad sólo sepan una cosa del 68 (cuando llegan a saber algo): que el 2 de octubre hubo una matanza en Tlatelolco. Pero si les pregunta uno detalles, se da cuenta de que desconocen por completo las causas de dicha matanza; no saben que, más allá de la manifestación que se llevó a cabo ese día particular, hubo varias otras, tampoco parecen saber que hubo también muchas otras represiones antes de la del 2 de octubre. Ignoran que hubo todo un movimiento estudiantil y que no duró sólo un día, sino varios meses; ignoran también sus causas y su desarrollo… en fin… Por eso insisto: la gran virtud de la novela que me ocupa es que funciona bien como texto introductorio para el iniciado y, de ese modo, contribuye al rescate de la memoria tan necesario en este país. Claro: el libro solo nada resuelve, hay que abrirlo y leerlo. Pero ése es otro problema… mucho más difícil de resolver, desgraciadamente.

En general, la novela está escrita en un tono ecuánime, desapasionado. Como insinué arriba, por momentos el estilo semeja el de un imparcial libro de historia, incluso en algunos momentos álgidos, de especial tensión. Sin embargo, en otros momentos, muy señalados, la adrenalina de la narración se eleva, con lo cual se logra un eficaz contraste y se imprime una buena dosis de emoción al ambiente: se trata de las grandes marchas y mítines, las multitudinarias, las que culminaron en el Zócalo, aquellas que hicieron tangible la esperanza y pasión de cientos de miles de personas. Flotan en el aire el optimismo del 27 de agosto, día de la ocupación del Zócalo; la incertidumbre y luego la sensación del triunfo de la Marcha del Silencio, el 13 de septiembre; el fragor de las principales calles y avenidas de la ciudad. También se sienten la furia y la indignación tras la toma de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás, el ambiente de guerra y de estado de sitio, el miedo y la rabia. En Tlatelolco, el pánico, el horror y la muerte…

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Llegado este punto tendría que concluir mi texto, pero no puedo dejar de hacer una acotación que creo necesaria: el mismo Luis González de Alba que fue dirigente del 68, que luchó contra un autoritarismo férreo y que se identificó con las causas de la izquierda en el pasado es hoy un firme creyente de la religión neoliberal y, si no un abierto promovedor de la derecha, sí un intelectual funcional al poder. No puedo presumir de ser un seguidor puntual de su carrera periodístico-literaria, pero me ha bastado un seguimiento más o menos esporádico en los últimos años —actualmente colabora en el diario Milenio y la revista Nexos— para comprobarlo. Muy válido que cambie de ideas; lo que de plano es despreciable es que se siga presentando como persona de izquierda y que ostente sus credenciales de dirigente del 68 para probarlo, cosa que hace sin la menor vergüenza cuando, en los hechos, se ha declarado enemigo acérrimo de las izquierdas existentes en México (cualquiera puede verificarlo, sólo hay que checar el grado de agresividad que emplea al hablar de ellas; en particular, es notorio el irracional y enconado odio que le produce Andrés Manuel López Obrador, quien le hace derramar bilis a chorros cuando escribe sobre él). ¿Critica a la derecha y a sus atrocidades con el mismo rigor? Para muestra un botón. En un capítulo de Los días y los años, González de Alba registra: “la gente que hace la ciencia, la literatura y el arte de México protestaba públicamente por la anticonstitucional medida adoptada por el gobierno que utilizaba al Ejército en funciones de policía y violaba con lujo de aparato militar la autonomía universitaria. Se vivía un ilegal estado de sitio no declarado” (las cursivas son mías). Lo dice con todas sus letras: usar al ejército en funciones de policía es anticonstitucional, y es claro que comparte la condena pública que refiere en su narración. Pues bien: hoy, ese mismo Luis González de Alba apoya abiertamente el uso del ejército en la cruenta “guerra contra el narco” que al momento se ha cobrado más de 50,000 vidas y va para muchas más. Ya no le importa la “constitucionalidad”. Ahora justifica la medida, porque, según dice, “situaciones excepcionales” ameritan medidas excepcionales. O sea: el mismo argumento gastado que han utilizado todos los “intelectuales” proclives a Calderón y a la derecha… Es una lástima.

Otra vez el Paseo de la Reforma, la avenida Juárez, Cinco de Mayo, el Zócalo. La gente en todas las ventanas y balcones, en las banquetas, sobre las estatuas, en las ramas de los árboles. Ahora podíamos oír las exclamaciones, los gritos de ánimo, los aplausos. Otra vez el Zócalo lleno. Mantas, pancartas, grandes dibujos de Zapata y Villa pero ninguno de Carranza o de Obregón. Cuando nuestro contingente entró al Zócalo ya se había iniciado el mitin. Cada orador trataría un punto del pliego petitorio. Al final, ya de noche, se rompió el silencio con el Himno Nacional. Puestos de pie y con antorchas encendidas en alto finalizamos la manifestación y el mitin.
     De lado a lado de la enorme plaza ondeaban antorchas y se veían abrazos. La manifestación cambiaba por completo el equilibrio de fuerzas. Habíamos clarificado de una vez por todas que no se nos había respondido ni dado ninguna solución. Las exigencias estaban aún en pie y los estudiantes, con el resto de la población, estábamos dispuestos a seguir luchando. El informe presidencial estaba completamente desenmascarado como un burdo intento de confundir y amedrentar. Volvíamos a exigir una solución sincera y honesta a un gobierno acostumbrado a las “negociaciones de recámara”. La fuerza que demostrábamos no sólo conservar sino acrecentar, abría nuevas posibilidades de triunfo. El temor quedaba atrás, la confusión, los rumores, los conflictos internos. Los mismos maestros exclamaban con gusto que olvidáramos la “retirada estratégica”. Ese triunfo lo cambiaba todo. Nos enteramos por entonces de que el gobierno había calculado una asistencia de diez mil personas a la manifestación; el CNH pensó que, a causa de la campaña de atemorización desatada por el gobierno, asistirían ciento cincuenta mil. La asistencia fue de trescientas mil personas: rebasó los cálculos más optimistas.

(2) El gran solitario de Palacio, de René Avilés Fabila

(3) Los símbolos transparentes, de Gonzalo Martré