sábado 1 de octubre de 2011

Novelas para que el 2 de octubre no se olvide (2): El gran solitario de Palacio

René Avilés Fabila concluía la carrera de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM cuando el movimiento estudiantil de 1968 estremeció al país. Participó activamente en él: asistió a las grandes marchas, presenció los mítines, compartió la indignación que en ellos se vertía, fue testigo directo de las cruentas represiones. La impotencia que le produjo comprobar que el gobierno podía masacrar a cientos de jóvenes de su edad impunemente, sin consecuencias más allá de la callada resignación de un pueblo agachado, fue sin duda la semilla de El gran solitario de Palacio, novela en que, bajo un delgado manto de ficción, expone su visión de los hechos con crudo y furioso sarcasmo.

En mi texto anterior afirmé, a propósito de Los días y los años de Luis González de Alba, que el valor fundamental de aquella novela no reside tanto en lo literario como en lo testimonial e histórico. En otras palabras, la importancia y trascendencia de ese libro radican en su relato fidedigno y puntual de los hechos. Ahora bien, con El gran solitario de Palacio es preciso advertir que prácticamente carece de valor testimonial, en la medida en que pertenece al ámbito de la ficción. No hay que confundirse: sí, la novela se basa en los hechos reales, muchos de ellos registrados a partir de vivencias del autor, pero aquí se hallan trabajados, aderezados con invención, incluso aquellos pasajes en los que con más nitidez puede inferirse algún acontecimiento vivido por Avilés Fabila. También hay que decir que su valor literario es muy pobre, como abundaré más adelante. Por lo tanto, ¿de qué naturaleza es el valor de esta novela, cuál es el factor que explicaría su trascendencia?

A mi parecer, el gran valor de El gran solitario de Palacio es plenamente político. Con todo y sus deficiencias literarias, fue la primera denuncia de gran calado, “sin pelos en la lengua”, que condenó dura y acremente los crímenes de 1968 desde el campo de la literatura. Además, alcanzó muy amplia difusión fuera y dentro del país. Originalmente tuvo que ser publicada en Buenos Aires, puesto que Avilés Fabila se encontraba prácticamente en calidad de exiliado voluntario. Efectuaba estudios de  posgrado en La Sorbona, en París, cuando la empresa Fabril Editores se comunicó con él para solicitarle el manuscrito. No pasó mucho tiempo antes de que la novela pudiera ser editada en México, donde consiguió un éxito de ventas impresionante. (El férreo ambiente de censura que impuso la dictadura priísta siempre se mostró más laxo con el mundo literario que con medios como la televisión, la radio y la prensa, salvo en contadas excepciones, como en el caso de Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. En un país que no lee, los gobernantes autoritarios no se preocupaSolitario de Palacion mucho por los libros “peligrosos”.  Por otra parte, debe recordarse que, una vez concluido el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, su sucesor Luis Echeverría procuró distender un poco la atmósfera represiva con el fin de desmarcarse de su ex-jefe a la vista del pueblo, no obstante que, como luego se comprobaría, fue cómplice activo en la gran matanza.)

La novela de René Avilés Fabila se compone de un cuerpo más o menos definido de personajes y anécdotas, varias de ellas prácticamente independientes del conjunto, dispersas. Lo que las une, su referente común, es la historia de un movimiento estudiantil que ha surgido para protestar contra un régimen político caduco y anquilosado, encarnado en el Caudillo, el demagogo presidente de la república, quien se ha valido de una mañosa estratagema gracias a la cual ha podido mantener una dictadura por 50 años sin que el pueblo se diera cuenta: cada seis años se somete a una operación de cirugía plástica que transforma por completo su apariencia y después se presenta como candidato a las elecciones presidenciales para gobernar un sexenio más.

Si se hacen a un lado las anécdotas más dispersas o complementarias, la novela se divide en dos líneas narrativas claramente distinguibles: 1) la lucha política de los jóvenes estudiantes, destinada a terminar en tragedia; y 2) el seguimiento de las ridículas peripecias del Caudillo, a quien vemos actuar iracundo contra los estudiantes que osan desafiar su orden establecido. En general, el tono de la primera línea, indignado y solemne, contrasta con el de la segunda, satírico y burlón. Mientras se exponen los sufrimientos de los estudiantes en la prisión militar y se describen con dolorosa viveza los episodios de la matanza y las represiones, el Presidente y su secretario particular protagonizan episodios coloreados de grotesco absurdo y ridiculez, donde queda caricaturizada con acierto la figura monolítica del líder máximo y del sistema que gira a su alrededor: el Partido y su funcionamiento basado en la corruptela, el amiguismo y la adulación abyecta.

¿Cuáles son las fallas? Señalemos primero el lenguaje, abrupto y descuidado, lleno de tropezones sintácticos. A partir de él, y también de otros indicios, se infiere que El gran solitario de Palacio fue escrita a las prisas, sin gran preocupación por los detalles formales ni estilísticos. Se advierte la mano de un joven, como era entonces René Avilés, la huella de un escritor que todavía no ha alcanzado la madurez, a quien le falta dominio de la técnica. La estructura de la novela, como ya se ha mencionado, es un tanto irregular. No se logra un desarrollo satisfactorio de los personajes principales, la mayoría de ellos quedan trazados en pinceladas muy generales, insuficientes, carecen además de poder de convicción (curiosamente, hay algunos personajes secundarios que, en contraste, se hallan muy logrados). Por otra parte, existe uno que otro cabo suelto, algunas incongruencias en la trama: se trata de levedades que quizá pasen desapercibidas a la mayoría de los lectores, pero no por eso dejan de incomodar a quien las ubica (hay por ejemplo, en el primer capítulo, un disparo de pistola que nunca queda aclarado).

La novela denota, a mi parecer, cierta ingenuidad política respecto de varios temas, incluyendo la naturaleza del propio movimiento estudiantil. Por otra parte, en varios pasajes el lector se las halla de repente con la estridencia del panfleto, de la exhortación apasionada pero trivial. La obra procura mantener un tono satírico, pero en muchas ocasiones se desvía y termina denunciando abiertamente: el autor traspasa la delgada línea entre el humor mordaz y la furia, entre la burla ácida y la diatriba. Son tropiezos comprensibles hasta cierto punto, pues es difícil mantener la ecuanimidad ante atrocidades e injusticias como las que dan motivo al libro; sin embargo, una actitud más sosegada, astuta, resulta indispensable para sostener la eficacia de una sátira.

En justicia, es necesario decir ahora que la novela posee episodios de gran calidad (por ejemplo hay un capítulo, casi al final de la novela, que se podría titular “Un día en la vida de un senador”, el cual resultó, para mi gusto, uno de los pasajes más logrados, donde la sátira se realiza con el mayor esplendor y rotunda efectividad). En esta tónica, se encuentran a lo largo del libro escenas que retratan con agudeza singular los vicios y costumbres del régimen priísta, sus rituales y métodos. Asimismo, algunos de los momentos trágicos y fúnebres que involucran a los estudiantes logran una poderosa expresividad y mueven efectivamente a la indignación al lector más indiferente, sin ninguna necesidad de recurrir al tono panfletario.

Por su contenido político, por la denuncia implacable y justa que contiene, El gran solitario de Palacio ocupa un lugar destacado en el catálogo de la novela política y de la literatura del 68. Tiene su raíz, como otras tantas novelas del mismo afluente, en la furiosa impotencia contra un gobierno asesino, pero, sobre todo, en la pasmosa y brutal quietud del pueblo mexicano, la facilidad con que dicho gobierno mata y queda impune, el vergonzoso conformismo de millones. En una escena de la novela, el Caudillo pronuncia un discurso ante una multitud desde un balcón. Debajo del balcón, se encuentra instalado un tablero electrónico al estilo de los programas de televisión con público en estudio, el cual proporciona instrucciones: “Aplausos”, “Echar porras”, “Sacar banderitas y ondearlas”. Autómata, disciplinada, la multitud obedece puntual, al dedillo…

Afuera,
la muchedumbre seguía aplaudiendo,
infatigable.
Algunos, los débiles
se desmayaron
pero el grueso continuaba
ovacionando al Caudillo.
Adentro,
el mandatario brindaba con el cuerpo diplomático
que había ido a felicitarlo
y como los aplausos no cesaran,
le dijo a un embajador, al de Japón:
Son míos,
el pueblo me ama, me idolatra.
El diplomático contestó en japonés.
     Los desmayos aumentaron. Las manos ardían salvajemente y sangraban con fluidez.
     Los electricistas hacían esfuerzos increíbles por reparar el tablero electrónico fijo en una orden:
                                   APLAUSOS CONSTANTES Y VIGOROSOS

(1) Los días y los años, de Luis González de Alba

(3) Los símbolos transparentes, de Gonzalo Martré