Por su calidad y por su valor documental,
la novela Los símbolos transparentes, de Gonzalo Martré, merecía mayor
reconocimiento y difusión. Hay quien afirma sin ambages que se trata de la
mejor “novela del 68”. Por mi parte, coincido por completo con esta opinión, y por eso comparto en esta ocasión mis impresiones sobre ella.
Inclusive en círculos medianamente cultos, Los símbolos transparentes es poco
conocida y prácticamente no se le menciona. En torno a ella parece haber un
velo de silencio que nos remite a la férrea censura de que en su momento fue objeto, misma que retrasó cuatro años su publicación. No obstante haber ganado en
1974 el segundo lugar en el Premio Internacional de Novela México, la editorial
Novaro, convocante de ese importante certamen literario, se negó a publicar el
libro, ya que Martré había cometido un “pecado capital”: en pleno apogeo del
autoritarismo priísta, su novela llamaba por nombre y apellido a importantes
hombres del régimen, los denunciaba sin tapujos y los satirizaba con crudeza.
La casa editora no estaba dispuesta a arriesgarse y Martré tampoco lo estuvo a
suprimir los nombres. Empezaría entonces un peregrinaje de editorial en
editorial, de rechazo tras rechazo, hasta que en 1978 una pequeña editora, V
Siglos, dio por fin a la luz Los símbolos transparentes. El instantáneo éxito
de ventas en que se convirtió, acompañado de una estruendosa polémica, compensó
las molestias del camino. Hoy, sin embargo, el olvido la ha vuelto a cubrir.
Se trata de una novela escrita con
furia, con ánimo encendido, sin que por ello se convierta en un panfleto
político. Para transmitir la profunda indignación, el dolor lacerante, el
sentimiento de impotencia ante el poder, basta con narrar los hechos. Cualquier
discurso o elaboración de juicios sale sobrando ante la exposición detallada de
la omnipresente corrupción, de la humillación constante que significa
pertenecer a las clases desposeídas, de la crudeza de las represiones, las
golpizas, la gran masacre. En ocasiones, sin embargo, Martré sí hace discurso
político, por lo general a través de algunos de sus personajes. Son pasajes muy
contados; más frecuentemente, recurre a la sátira y a la ironía como medios
para exponer en toda su estupidez y cinismo a los representantes de un régimen
opresivo e insostenible.
Los símbolos transparentes es un
mosaico compuesto por múltiples historias, protagonizadas por una extensa y
diversa gama de personajes y desarrolladas en distintos marcos temporales. El
eje de referencia común es la matanza de Tlatelolco. Conforme avanza la novela,
dichas historias o líneas narrativas se van entrelazando. La principal de ellas
gira en torno a la brigada Lucio Blanco, un grupo de difusión informativa y
propagandística inscrito en el movimiento estudiantil de 1968. Cada uno de los
seis jóvenes que integran la brigada —Humberto, Víctor, Saúl, Andrés, Rosa y El Pifas— ofrece una perspectiva particular del Movimiento,
un conjunto de motivaciones y un destino paradigmático: los que murieron en la
Plaza de las Tres Culturas, el que sobrevivió pero quedó lisiado de por vida,
los torturados, el desaparecido, los que se unieron a la guerrilla, el que
olvidó los ideales y la causa para asimilarse al corrupto sistema…
Otra línea narrativa nos sitúa en la
perspectiva de la generación anterior —los padres de los estudiantes que
participaron en el Movimiento— y nos brinda un panorama de los años en que el
incipiente nacionalismo revolucionario se consolidaba y daba paso a la
“dictadura perfecta” del priísmo: el paulatino abandono del proyecto social de
la Revolución y su sustitución por un discurso vacío e hipócrita, la miseria
campesina, la absorción de los cacicazgos locales por el sistema, la feroz
persecución anticomunista, la gesta de Demetrio Vallejo y la represión del
movimiento ferrocarrilero… En suma: los precedentes que conformaron el caldo de
cultivo de la indignación social que estalló en 1968.
Tenemos por otro lado a la cúpula
política. Un episodio de la novela se encuentra dedicado por entero a la reseña
de su decadencia. Basado en el Satiricón de Petronio, Gonzalo Martré nos
describe un banquete de dimensiones pantagruélicas, donde se halla reunida una
buena fracción de la plana mayor del priísmo. Preside el comelitón la Marrana,
importante ministro del gabinete económico diazordacista, que espera la llegada
al lugar del mismísimo Chango —Díaz Ordaz—, quien lo ungirá con su Gran Dedo
como el precandidato presidencial iluminado, el elegido para sucederlo en el
sitial más alto del país. Mientras se dedican a hartarse de suculentos
aperitivos y emborracharse con bebidas caras, los hombres del régimen se
comparten ufanos sus anécdotas de transa y corrupción, sus heroicas historias
de gandallas triunfantes. Los testigos de honor del evento, dos periodistas
cooptados a fuerza de billetazos, terminan sumiéndose, junto con el pleno de la
concurrencia, en el cieno de la podredumbre moral y fisiológica.
Los símbolos en que se codifica el
sentido de nuestra historia se volvieron transparentes, plenamente asequibles,
la tarde del 2 de octubre, afirmó Octavio Paz en unas líneas de su Posdata,
líneas que Gonzalo Martré utilizó como epígrafe y como título de su obra. La expresión “símbolos transparentes” puede interpretarse, así, como la revelación de
nuestra historia y su significado profundo en una de sus facetas: la de río de
sangre perpetuo, desde la época precolombina y sus sacrificios rituales hasta
los días actuales, en que la “guerra contra el narco” cubre de rojo al país.
En conjunto, los diferentes capítulos
de la novela intentan ofrecernos un panóptico del Movimiento, desde sus
motivaciones más legítimas y su desarrollo concreto, hasta su horroroso
desenlace, la respuesta autoritaria y atroz de un gobierno que mostró, más
crudamente que nunca hasta entonces, el verdadero rostro del régimen
“revolucionario”. A través de Martré —quien era director de la Preparatoria 1
de la UNAM en 1968 y estuvo presente en la Plaza de las Tres Culturas al
momento de la masacre— el lector presencia, por una parte, las golpizas, las
torturas, la persecución, los arrestos arbitrarios, el silenciamiento a sangre
y fuego de quienes soñaron con un sistema más justo; y por otra parte, el enriquecimiento
veloz, los despojos y atropellos, el abyecto servilismo y la rampante
corrupción de quienes no estuvieron dispuestos a ceder un ápice en sus
ambiciones de poder y respondieron con las armas al reclamo de la población.
Pero quizá lo más dramático, todavía
más que la masacre misma, sea la apatía de un pueblo que deja pasar impunes
tales crímenes. En el último capítulo de la novela, ambientado en 1973 —a cinco
años de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas y a sólo dos de su eco, el
Jueves de Corpus de 1971—, Martré nos retrata una juventud que ya entonces
estaba dispuesta a olvidar, a dejar atrás. Una generación que ya entonces
presentaba los síntomas de la actual: de fiesta en fiesta, de peda en peda,
evadiéndose, procurando eludir los problemas de su sociedad y de su tiempo,
evitarse esos dolores de cabeza, refugiándose en los paraísos artificiales de
la droga, entregándose al desenfreno, al goce del cuerpo mientras aguante,
reparando así la desilusión de una vida vacía, dedicada a nada. Presentado en
el estilo de la corriente literaria llamada “de la onda”, ese último capítulo
ilustra con elocuencia las ganas de olvido que hasta hoy perviven. Las ganas de
“dejar todo eso atrás”, de decir “ya lo pasado pasado”, “ya quién se acuerda
del 68”. Las ganas de evadir, las ganas de no saber.
Te resta un minuto de conciencia y cuatro de vida. Andrés, ¿qué vas a pensar durante tus últimos sesenta segundos? ¿Reflexionarás sobre tu pasado inmediato? ¿En el futuro trunco? ¿En tu madre sumida en el dolor, tu padre renegando impotente en la cárcel? ¿Cavilarás sobre el Movimiento? ¿En los muertos anteriores? ¿En los cadáveres? Cadáveres incinerados, cuyas dispersas cenizas aumentan la polución de la ciudad. Ahora mismo, ¿no estarás aspirando en tus últimos segundos una partícula, una micra del cuerpo de algún compañero? ¿Qué se hicieron los despojos? ¿Quién encendió el fuego y arrojó las cenizas al viento? A lo sumo, dedicarás a todo ello unos cuatro segundos, bastante, porque dispones únicamente de sesenta. El resto es para Rosa. En tu cerebro, la cara de Rosa aparece nítida, resplandeciente; sin embargo te engañas, Rosa casi no tiene ya cara, lo que resta de su rostro, si pudieras incorporarte sólo cuarenta centímetros, lo podrías ver. No la reconocerías, ¡imposible admitirlo! Quizá el suéter azul te diera la pista. ¡Pero hay tantos suéteres azules! O la palomita de pedrería falsa que le obsequiaste cuando te aceptó como novio, hace apenas un par de semanas. Vamos, tampoco lo aceptarías, las venden por cientos de miles, las compran por millones, ¡son tan baratas! Ni el suéter ni la palomita pertenecen a Rosa, pensarías apoyado en tu brazo izquierdo al contemplar con horror una cara. ¿De quién? Cara destrozada por un balazo de 45 que penetró en la articulación del maxilar derecho y salió por el pómulo izquierdo, dos centímetros abajo del ojo. Ojo hinchado y grotesco, no puede, no debe pertenecer a un rostro bello como el de Rosa. Las balas silban, Andrés; el tableteo de las ametralladoras no decrece en lo absoluto, te quedan quince segundos de vida.

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